Un punto de encuentro para aquellos que sufren cualquier forma de dolor crónico en su propio cuerpo y para quienes lo sufren como pareja, familiares, amigos o personal médico y sanitario. Un lugar abierto a quien desee exponer su caso o estudios o consultar sus dudas o realizar encuestas específicas o desahogarse… cómo y cuándo se quiera.

sábado, 8 de septiembre de 2007

EFECTOS SECUNDARIOS (Tercera Parte de ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR)

EFECTOS SECUNDARIOS: ESTUDIO, DESDE EL PUNTO DE VISTA DE UN PACIENTE, DE LA ORGANIZACIÓN SANITARIA Y PROPUESTAS PARA REFORMAR TODAS LAS ADMINISTRACIONES PÚBLICAS DE UN PLUMAZO. AMÉN. (Tercera Parte de ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR)

Llamo Patán a esto que llaman los expertos crónico o neuropatológico o secuelar. Lo llamo así, como el perro de risa burlona de Pierre Nodoyuna, de la serie de dibujos de Hanna & Barbera Los Autos Locos –así los titularon y bautizaron en España, que no sé si en el resto del universo de Cervantes son coincidentes-, porque cuando aparece en su máxima expresión y me retuerzo y no sé a quien matar o insultar o a qué magia recurrir o adónde desvanecerme, me imagino que el dolor es de alguna manera un ente viviente y me lo imagino disfrutando de mis delirios y pesares con esa misma risa sorda y raspante de Patán.

La medicina, como ejercicio, me recuerda a esas pruebas de los psicólogos, de las que tanto gustan los guionistas y realizadores audiovisuales, en las que un paciente debe interpretar lo que aparentemente es una serie de manchas sobre sus respectivas cartulinas. Si te duele la espalda y el abdomen, por ejemplo, y acudieses a varios médicos especialistas, cada uno de una materia, cada uno de ellos te referirá un diagnóstico distinto: los riñones, el intestino, el colón, lumbago, estenosis del canal, hernia, depresión, dolor psicosomático, etc. La mancha y la cartulina son las mismas pero la interpretación varía según quien la mire. Si uno hiciese caso a todos a la vez y se administrara, obediente, todos los fármacos que le han recetado, se moriría de locura o de un colapso o de ambos resultados a la vez.

Por lo tanto, el doliente tiene que acudir no al sentido común o a la inteligencia para dilucidar a quién creer, sino a la intuición, al instinto y al sistema de prueba y error. Como solo puedo hablar de mi caso, este proceso no suele ser de resolución de un día para otro: puede llevarle años llegar a dar con el que de verdad le solucione la dolencia -o elimine o mitigue hasta hacerla llevadera- y descubrir que Occan estaba, con eso de su navaja, en lo cierto.

Ya llegado a este punto, mientras espero que concluya la paralización vacacional del país y me reclamen de la Unidad del Dolor de la sanidad pública autonómica –la cual dirige paradójicamente el mismo doctor que me remitió desde su consulta privada: mas sino de qué comerían los funcionarios y burócratas-, para que me instalen unos electrodos de estimulación subcutánea, resulta que la mente descansa un poco y se puede acorralar a Patán en un rincón apenas injiriendo una dosis determinada de opiáceos.

Después de cuatro operaciones, cada una de ellas más invasiva y peligrosa para asegurarme o no una pequeña porción de futuro –menos una de ellas que consistió en tres sesiones para insuflar ozono-, resulta que bastan un saco de droga y dos simples electrodos para dominar y posiblemente desterrar a Patán. Sucede también que, al informarme, descubro que esa técnica se aplica desde hace unos doce años y por tanto, ya en mi primera visita en septiembre del 2000 al quirófano podía haberse evitado.

He deducido –tras más de siete años he tenido tiempo y acumulado datos propios suficientes como para llegar a este atrevimiento- que todo esto se debe a dos circunstancias o motivaciones que me parecen preocupantes. Una de ellas tiene que ver con la visión que los médicos poseen de la relación entre ellos y sus pacientes y se manifiesta a través de un conjunto de distintas actitudes. La otra es una conjunción de intereses de poder y económicos.

Atendiendo al primer grupo, por un lado, el médico abusa en muchas ocasiones de su posición y sus conocimientos y, por lo tanto, tiende a menospreciar las descripciones que el enfermo le transmite, bien considerándolas exageradas o bien inventadas -con lo que pagan justos por pecadores-. Por otra parte, si se da el caso que el paciente es nuevo pero viene de haber sido tratado por varios especialistas, la opinión del paciente puede ser hasta intrascendente para pretender reconocer que en realidad es cierto que sufre de algo, pero que ese algo no es lo que le cuenta el doliente sino que él, con sus poderes sobrenaturales, va a descubrir lo que le ocurre realmente pues ni el paciente ni otros médicos van a saber más que él. Pero, por último, se da una conducta que sí está casi totalmente generalizada y que es, a mi entender, la causante del incremento de la ansiedad y de la patología en más cuantía que en su desarrollo habitual.

Porque los médicos parece que hayan olvidado –si alguna vez lo supieron- que el paciente lo único que desea es que le quiten el dolor o el malestar que soporta y que sea de la manera más rápida y, si es posible, con las acciones menos molestas. Le importa un pepino que sea con el remedio de la abuela o de un chamán o que se utilice una droga o que le tengan que abrir en dos si con ello va a lograr real y definitivamente dejar de sufrir, ser sanado. Así, si unimos la vanidad con la omisión de los sentimientos o intereses del cliente sucede que diagnostican, en primera instancia, una enfermedad vulgar o común y le recetan fármacos de escasa acción; y, si ven que insiste, le recetan después algo un poquito más fuerte y, si con esto nada, lo remiten al especialista que aseguran ellos, sobre la base de su primer diagnóstico, es el que precisan. Con el especialista se repite el proceso, con las salvedades de que éste le dará un matiz nuevo al diagnóstico -y nuevos fármacos- y no le va a remitir a otro colega que trate otros campos u otras técnicas, de manera que el paciente, el que sufre todas sus decisiones, o se encomendará ciegamente a él, aunque le abra por diez sitios, o, viendo que no mejora, se buscará otra opinión –en ella probablemente se den en esencia las mismas pautas- y el médico pensará o que lo ha sanado o que el tío tenía más cuento que Los Hermanos Grimm. De hecho no conozco a ningún especialista que diga: yo no le puedo ayudar, vaya a ver a éste que su enfermedad pertenece a su especialidad o el utiliza una técnica más efectiva, porque la mayoría de los médicos utilizan el axioma inconsciente y consciente de que todo el que llega a su consulta va a ser sanado por sus manos y sus conocimientos: la parte inconsciente es la que hemos tratado en éste y en el anterior párrafos –el primer diagnóstico determina el resto del proceso y no importa que sea certero o no, ni si se le alivia al paciente o no-, la parte consciente la trataremos en el siguiente.

La pregunta es: ¿por qué se le ha otorgado a los médicos el mismo poder social que al chamán? El chamán posee un contacto directo con las fuerzas del más allá, pero los médicos se basan en la ciencia y ésta en sí es aconfesional. Ese estatus social se manifiesta de cara al paciente y de cara a sus propios colegas, de manera que tiene que defender su posición sea como sea. De ahí que los médicos nunca se equivoquen, en la faceta de reconocerlo –de ahí también su corporativismo-, de ahí su fuerza en la estructura del Estado –los médicos trabajan en lo público y en lo privado, no existen incompatibilidades y son socios hasta de clínicas privadas a las que se remiten clientes desde su consulta pública, mientras que cualquier funcionario lo tiene vetado, y no se ponen nunca en huelga, porque no pueden permitirse ese lujo los gobiernos…-, de ahí que no receten una medicina potente, pues entonces ya no depende de su intervención la sanación y de ahí que sean considerados por la masa como aquellos en los que en última instancia depende que su existencia sea más o menos extensa. En la sanidad pública, defenderán su estatus de productividad y de nombre; en el ámbito de su ejercicio privado, defenderán sus intereses empresariales sobre todas las cosas. Y esto entronca con lo que se ha llamado en los ambientes bursátiles la “burbuja médica”.

Como todo en esta sociedad, la medicina se rige también por los mandamientos económicos. Desde las farmacias, las medicinas, el funcionariado, los bolígrafos y el papel de las recetas, los ordenadores, las tarjetas sanitarias, las vendas, tiritas, desinfectantes y cicatrizantes básicos son miles de millones de euros o dólares los que se mueven cada día. Las firmas farmacéuticas y de suministro sanitario envían a sus comerciales –curiosamente denominado visitador médico- a las consultas de los médicos y les regalan todo tipo de artículos –incluidos viajes y otros lujos- para que receten sus medicamentos o utilicen sus utillajes. Esto hace que el paciente pague más caro las medicinas, que no se pueda aplicar eficientemente la prescripción de genéricos, que los países pobres no puedan tratar el sida, que una empresa farmacéutica contrate al Estado de Malasia para recibir, en exclusiva y al margen de la OMS, todas las muestras de gripe aviar –de animales o de humanos-., que en las bolsas del mundo se esté dando un crecimiento inusitado de los valores médicos –de ahí la burbuja-, de que dichas firmas financien o esponsoricen equipos de fórmula uno, etc. Por ello, un paciente puede recibir un tratamiento o ser intervenido y aplicada una prótesis o no según los intereses del propio médico y de las compañías involucradas.

En mi caso, yo tengo implantada una artrodesis de titanio –una especie de andamio de titanio anclado en la columna con tornillos y que suelda y fija cuatro vértebras en la zona dorsal y del cóccix-. Según me enteré tras la operación ese artilugio tiene un coste de 18.000 € aproximadamente –hace tres años- y da la casualidad que conozco al visitador médico que los vende por amistad con otro amigo y lo corroboré. No tengo ninguna duda de que el cirujano que me lo colocó, además de hacerme otras reparaciones durante nueve horas en total, lo hizo con la absoluta fe en que aquello era lo más indicado para mi caso y más aún por venir de tres intervenciones anteriores que al parecer no se realizaron lo bien que se hubiera deseado –eso es lo que me dijo- y porque o se me intervenía urgentemente o perdería del todo –ya perdí un 35%- el uso del nervio ciático. No tengo duda porque sé que es buena persona. Mas como todos somos humanos y nos dejamos llevar por prejuicios, ¿quién me dice a mí que él valoró todas las opciones? Y si nos remitimos a mi antiguo neurocirujano de Sevilla –no lo nombraré y sólo daré la pista de que es el padre de una missespaña muy conocida televisivamente- estoy convencido de que cada una de las palabras de éste texto se cumplen, pues él es además socio de la clínica donde se me intervino. Pues una operación te la venden como el remedio más eficaz y resolutivo, cuando resulta que sólo abrir un quirófano cuesta mínimo unos 18.000 €, para pagar al personal en su mayoría y para pagar en concreto al cirujano. Evidentemente, la industria de los electrodos o del ozono estará moviendo sus hilos de lobbys y de marketing para hacer rentable su negocio, sin embargo, ¿por qué los médicos no estudian una vez consagrados, por qué no leen que en todos los estudios realizados, incluida la OMS, desde hace más de quince años, se asegura que la intervención invasiva de espalda no ha dado resultados superiores a un 30% de curación –imaginen esa cifra en un fármaco- y que las secuelas de fibrosis y del propio trauma operatorio causan, en la mayoría de los casos, un empeoramiento del paciente? ¿Será porque entonces pierden su espacio vital –a qué se dedicarían, dónde quedaría su fama- y porque existen poderosos intereses económicos para seguir realizándola incluso cuando no hace falta –pues se dan casos en los que es necesario-¿ ¿Si es más barato y menos traumático, deja menos secuelas y resulta más eficiente –demostrado por la OMS también-, por qué se sigue haciendo oídos sordos?

Igual ocurre con mi tramadol del alma, que me lleva con sus efectos secundarios a un plácido dormitar y a una desmesurada imaginación –en lo bueno, porque en lo malo, entre otros, me hace más torpe y alelado de lo que ya era-. Hace tres años, cinco meses antes de mi última intervención, me tuvieron ingresado veintitrés días en una clínica con una bomba de anestesia en vena –en brazos y manos guardo su recuerdo- y después doliéndome más –antes de la intervención- sólo me recetaban tramadol 50 mg –en España hace falta receta para dispensarlo, mientras que he leído que en muchos países sudamericanos se dispensa libremente- y, tras la operación, de nuevo con dolores horribles e incapacitantes, habiéndome sido concedida una incapacidad por el Estado, seguían recetándome a libre demanda la misma dosis. Y rebelándome, indagando en internet, descubro –lo primero que no estoy tan loco- que en los hospitales públicos existe un departamento denominado unidad del dolor que se dedica a tratar casos como el mío –ningún médico de cabecera o especialista o amigo me había hablado de esas unidades, ¿será porque son un poco antisistema?- y voy, para agilizar –y a costa de un buen agujero en la cartera-, a la consulta de su director y todo lo que me decía y me preguntaba era como hablar con un espejo que sabe dónde, cómo y cuándo te duele; más aún me receta, para el periodo de espera hasta la intervención, que siga tomando a demanda el tramadol 50 mg –además de los relajantes, el somnífero y los antinflamatorios que ya me aplicaba- y que tome lyrica –pregabalina-, para los calambres, tembleques y espasmos, y tramadol retard 200 mg al día de partida, en dos tomas, y si no fuese suficiente que se lo comunicase y me lo aumentaría.

¿Tan difícil era intentar quitarme o calmarme el dolor, en vez de hacerme pasar por loco o flojo o psicosomatizado o parásito social por amigos, enemigos e íntimos, amargarme la existencia, quebrar todas mis relaciones sociales a todos los niveles, impedirme trabajar y casi arruinarme –mi pensión es la mitad de lo que cobraba antes-, dañar mi salud mental, perderlo todo y a todos y acabar hablando con un ordenador?

Llegué a los 400 mg/día y ¡voila: esto es vida! Hasta, a pesar de todo lo narrado, de esta sociedad mercantilista y, a la hora de la verdad, egoísta e insolidaria, en la que siguen primando los mismos instintos de supervivencia evolutiva y de alienación al tarado o al débil, en la que los sentimientos no cuentan, en la que nadie se pone en el lugar del otro, a pesar de todo con esa dosis floto y me sonrío y me burlo y les aplico la misma indiferencia. Si no me acuerdo lo que he hecho hace cinco minutos, será porque no merecía recordarse; si voy a un sitio y cuando llego no sé para qué había ido, pues espero a acordarme; si duermo más horas que un bebé, será para recuperar todas la que no he dormido estos años; si me mareo, sólo hay que ir con más cuidado; si no puedo concentrarme en leer lo escrito por otros, lo escribo yo mismo y en un periquete se ha solucionado el problema; si no tengo hambre, adelgazo –camión que no anda no necesita gasolina-; si no puedo conducir, tomo un taxi. No hay efecto secundario del que no se obtenga una ventaja, más aún por ser momentáneos. Porque lo importante es que el dolor está ahí, pero no me llega al cerebro en las cantidades que me obligan a no poder despegarme de él, porque puedo relajarme y pensar que existe un futuro y que todos los que se apartaron de mí, ya no caben en él y se lo van a perder –o sea, que se jo… fastidien los feos-.

Espero, sólo ruego eso al dios de la alquimia, que su influencia se mantenga con el tiempo y no suceda como con los efectos secundarios, que te acostumbras a los diez días, y que se inmunice Patán a esta dosis y vuelva a orinar por todas mis esquinas para marcar su territorio.

Aunque él no sabe que existe la morfina ni que la electricidad le va a dar un chispazo en el culo que se le van a quitar para siempre las ganas de siquiera olfatearme. No sé para qué tantos antidepresivos circulan por el mundo –más que billetes de 500 € que los españoles guardan en sus casas y cajas privadas-, cuántas pastillas y drogas y sustancias adulteradas se mete la gente, cuando ésto, a menos de dos euros la cápsula –a menos miligramos más barato-, te deja feliz y activo mentalmente y sin ser peor el remedio que la enfermedad, y además por ser pensionista no me cuesta un duro –ahora un céntimo.

Fuera aparte –dicen por aquí- frivolidades y pamplinas, para que no me acusen de incitación al delito y apología de la drogadicción o de lo que se les ocurra –si bien yo no soy el que la administra opiáceos para sustituir a las drogas ilegales-, mi objetivo es que esta fase sea meramente temporal, transición hacia el estado en que controle el dolor eléctricamente. En definitiva, nuestra existencia se debe a una corriente eléctrica continuada, todos nosotros somos la manifestación de millones de impulsos eléctricos, por lo que entramos en otra fase del análisis.

Ahora las pregunta es: ¿la medicina tradicional, la que se nos presenta en los servicios publico y privado, no está abocada a desaparecer? Por una parte, el médico de cabecera o de familia, es decir el primer escalón al que se presenta el ciudadano, es un mero dispensador de recetas o partes y un adivinador de enfermedades comunes, tareas que podían ser realizadas por un programa informático. El especialista, ordena unas pruebas las analiza y sentencia, por lo que también sería sustituible –es cuestión de crear los programas. Diríamos por tanto que sólo tienen un verdadero valor los que actúan sobre el cuerpo, los cirujanos y los traumatólogos, es decir fontanería y chapa y pintura o albañilería, así como los incluidos en servicios de intervención rápida –urgencias, ambulancias- o especiales –UCI, UVI, House-. Todos ellos sí se hallan en verdadero contacto con la enfermedad y el dolor. Por último existe el grupo de los electricistas, o sea los neurocirujanos y anestesistas. Es decir, disponemos de fontaneros, albañiles, servicio de seguridad, y electricistas. Ahora bien, sin electricidad no funciona el resto, y sin fontanería puede ocurrir lo mismo.

Si componemos todo en el símil de una obra tendríamos entonces:

• peones = médico de familia
• capataces = especialistas básicos.
• sistemas de seguridad = médicos de urgencias
• ingenieros de fontanería = cirujanos internistas y ginecólogos
• ingenieros de estructuras = cirujanos traumatólogos
• ingenieros eléctricos = neurocirujanos y anestesistas
• ingenieros y arquitectos jefes = investigadores.

Los sistemas de fontanería y electricidad son indispensables, así como lo son los ingenieros y arquitectos jefes. Pero, ¿a qué se dedican los investigadores? ¿Quién investiga y en qué dirección enfocan sus estudios? Si atendemos a los estudios vemos que la mayoría de los avances se realizan por bioquímicos, genetistas, biólogos, físicos químicos… y, en el campo de la traumatología, ingenieros superiores.

Es evidente que el médico, si no fuera por su componente empático, tiene más de oficinista o de dependiente de mostrador que de científico, por lo que su mitología está a un tris de desvanecerse. Hoy mismo podría hacerme pasar por médico peón y ningún paciente sospecharía; si acaso, las viejas, yo prefiero a don Pedro, pues yo a doña carmen, óyeme ¿y el médico nuevo…? Huy, dicen que es muy agradable, pues a mi me han dicho que es muy seco. Si cualquiera con unos años de experiencia como paciente y un poco de cultura puede diagnosticar un resfriado, una gripe, expender recetas y remitir a un especialista cuando ya no llegue a más. O un traumatólogo normal: unas placas y si no está roto, esguince o contractura o distensión, unas recetas y un vendaje comprensivo o lo que sea porque eso lo pone un asistente especializado y regrese dentro de quince días; si está roto directamente a yeso y unas recetas y regrese dentro de un mes; cuando ya se ha recuperado el cuerpo por sí mismo -si se ha reposado correctamente-, le entrego un papel con unas tablas de ejercicios rehabilitación o lo mando a un centro adecuado y si no hay ninguna complicación o recidiva, caso resuelto.

Más aún. Imagino el futuro: llegas a la consulta, te colocan un mono como de astronauta relleno de sensores para medir la frecuencia cardiaca y el pulso de todos los miembros y zonas del cuerpo, te tumbas en una camilla con forma de ataúd que analiza nuestras redes eléctricas y nos analiza o escanea electromagnéticamente, te arrancan dos o tres capilares, te extraen un poco de sangre y de orina y en media hora te dicen qué padeces, por qué lo sufres y qué es lo más posible que padecerás en el futuro e, incluso, de qué te morirás. Análisis genético, análisis eléctrico, estudio de fontanería y estructura ósea y poco más. Recetas apropiadas, decisiones apropiadas y destinos apropiados.

De este modo, haciendo uso del símil del ejército, actualmente existen demasiado generales viejos, el ejército raso está mal formado y equipado, y la estructura del sistema organizativo funciona mediante departamentos estanco y sin ningún tipo de comunicación y feed-back. Al mismo tiempo unos señores desconocidos se afanan, no se sabe dónde, en hacer todo lo contrario, en intercambiar datos y en estudiar cómo curar al ser humano –también tenemos a los que estudian para las casas farmacéuticas y éstos, que tampoco son médicos, prácticamente aplican los conocimientos recogidos de los estudiosos y los convierten en medicamentos, pero éstos no lo hacen por amor al arte, por ayudar a la humanidad, sino por controlar el mercado de la cura de una enfermedad concreta.

Los médicos de base actuales acabarán ocupándose de tareas similares a las que realizan los técnicos de rayos –RX, resonancia magnética (RM), TAC, GAMMAGRAFÍA…- y la medicina que se estudiará será más que nada un compendio de materias multidisciplinares que no tendrá relación alguna con lo que hoy recibimos/soportamos. Pues si no existen dudas en el diagnóstico –un computador en unos segundos analiza los síntomas y muestras y lo determina, incluso dos o tres, y abre el camino lógico y sin dudas hacia la sanación. Hoy el médico de cabecera te manda a casa a reposar 15 días –supongamos de nuevo por una dolencia de espalda- con un medicamento básico, para ver cómo evoluciona: si mejora, pues santaspascuas; si empeora mando el problema a otro departamento y no importa nada que en esos quince días el enfermo las pase canutas y le dice paciencia hay que tener paciencia –ni que fuéramos pescadores-; y ciertamente porque ahora se debe esperar uno o dos meses con una medicación un poco más potente pero insuficiente. El especialista es un traumatólogo tipo Pilatos, rayos y quince días más de reposo y algo más fuerte de fármacos –y paciencia de pescador-, y si no remite, me lavo las manos y para arriba a un neurocirujano. Con suerte, en la sanidad pública esto significa un periodo de reposo de seis meses –si no se te ocurre pedir el alta voluntaria a mitad del proceso, por eso de que el trabajo te llama, y recaer unos diez días después, ya que entonces se reinicia el proceso desde el origen.

Es obvio, que aún no disponiendo de la tecnología imaginada –o similar- si el diagnóstico se realizara en la primera o, como mucho, segunda visita –por aquello de cribar a fingidores, ancianas aburridas o hipocondriacos: las recetas repetidas y otros papeleos, para la enfermera-, todos saldríamos ganando. Este es un mal de todo aparato del Estado: así, si va a una delegación de hacienda para proceder a una consulta sobre un artículo nuevo que puede llevar a diversas interpretaciones, no te atiende el licenciado en económicas o en derecho especializado en fiscalidad, sino una señorita o señor que la máximo que ha estudiado es bachillerato y que no tiene ni idea ni de la nueva ley ni, por supuesto, de ese artículo, no sabe de hecho de que le habla más allá de cuatro palabras básicas de la jerga administrativa y alguna otra de impuestos. Podrán pasar una o dos semanas para que te atienda el experto –eso o te metes en internet y lo buscas o te vas a un bufete especializado y, a cambio de un ‘módico precio’, te lo resuelven. Y no hablo de los trámites para renovar el DNI, desde que tiene poderes digitales.

El sistema administrativo estatal, que precisamente se creó en Francia para servir al ciudadano, se ha convertido en un laberinto absurdo que Kafka plasmó hace ya más de una centena de años y que transforma un problemilla en una bola de nieve que se traga nuestras vidas; es decir, se ha metamorfoseado en el monstruo que pretende ingerir al ciudadano, en el primer enemigo del ciudadano. Y este monstruo adiciona a entes privados con los que comparten intereses. Por ejemplo la banca, las concesionarias de suministros -eléctricas de gas y telefónicas- y algún otro elemento con poder de facto.

El día que se acabé con todos estos absurdos, empezaremos a avanzar hacia una sociedad eficientemente democrática, pues el obstáculo perjudica siempre al que no dispone de medios económicos.


N.B.: Si alguien se ofende porque he generalizado será porque ajos come o por corporativismo, si uno no lo hace y no está de acuerdo con mis análisis y propuestas, es evidente que no tiene derecho a ofenderse o reclamar, sino más bien a intercambiar opiniones. No obstante he usado los términos ‘en muchas o algunas ocasiones’, ‘generalmente’, ‘suele’ y ‘similares’, como tampoco me he visto incitado a usar la archiutilizada palabra ‘presunto’ –la cual en portugués, por algo será, significa jamón.


Nota del Autor: Este breve ensayo un poco extraño y que se explica esta singularidad en su propio texto y lectura, viene a ser la tercera parte de una serie de ensayo breves que de alguna manera se le que podría denominar en su conjunto ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR.

Los dos fragmentos anteriores, los cuales de por sí poseen vida propia, son:

1.- BREVE ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR, en el cual se analizan desde mi punto de vista las distintas formas de dolor y lo que significa para el enfermo tener que enfrentarse a una continua batalla psicológica y física cada día para tener al menos un hilo de esperanza ante las poderosas fuerzas del dolor crónico. Se hace hincapié en la parte que está al otro lado, el que cuida -generalmente, salvo en los ancianos, la pareja-, que se ve envuelto en un proceso nuevo que le cambia la vida sin que en realidad vaya el tema con ella. Y se plantea una táctica para no caer en las garras de la desesperación, la depresión y el abandono. Fue publicado el 14/03/07.

2.- UN LIBRO Y UNA PELÍCULA: EL ARTE DE AMAR Y LA TORRE DE LOS AMBICIOSOS (CÓMO VIVIR MÁS ALLÁ DEL DOLOR). Publicado el día 08/08/07, en él se abarca qué se puede necesitar para realmente afrontar el dolor y la vida, en general, en especial cuando se va rompiendo todo el entramado sentimental de uno. Así mismo se presentan enlaces a estudios científicos, médicos y psicológicos de diversos autores de la Asociación Española del Dolor y de otras instituciones. En especial, hay que considerar como vital el nuevo marco de relaciones que se establecen en la pareja y en el ámbito familiar, pretendiendo en mi modesta "sabiduría" de este tema permitir a otros que soporten el trance con un conocimiento de que no son bichos raros y que nuestro entorno también sufre. objetivizar las situaciones, extrapolándose, puede ayudar a que no se convierta el dolor en una bola de nieve que lo va absorbiendo todo.






Mediante este enlace se puede ver la imagen astronómica del día (APOD) que ofrece la Nasa.


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