Un punto de encuentro para aquellos que sufren cualquier forma de dolor crónico en su propio cuerpo y para quienes lo sufren como pareja, familiares, amigos o personal médico y sanitario. Un lugar abierto a quien desee exponer su caso o estudios o consultar sus dudas o realizar encuestas específicas o desahogarse… cómo y cuándo se quiera.

sábado, 8 de septiembre de 2007

BREVE ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR (14/03/07)

BREVE ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR (14/03/07, 1ª Parte de ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR)


I

Para vencer a un enemigo lo primero es conocerlo. El dolor no es un enemigo sino que deberíamos hablar de dolores, en función de su morfología. Hace poco leí un resumen de una conferencia de un superviviente del famoso accidente aéreo de los Andes; resumía: no existe éxito sin dolor. Sin embargo, existe, en una primera clasificación el dolor físico y el dolor emocional. El ser humano atiende en ambos casos a su propia experiencia y no puede recurrir a mediciones directas: cada uno siente el dolor de distinta forma.

El dolor emocional puede provenir, sin entrar en matices, o su conjunción con otros sentimientos o patologías, de una pérdida -muerte, desamor...- o de un sentimiento existencial -duele la vida, duele el dolor ajeno-; en este sentido el dolor sería estrictamente el antónimo de la felicidad, entendida ésta como el estado normal de la vida, o sinónimo de infelicidad.

El dolor físico, en cambio, responde a un proceso neurológico. Un tenista después de una partida de 5 horas puede sentir el dolor muscular del cansancio, así como el de alguna llaga o herida -amén del dolor de la pérdida, si no hubiese ganado-; el primer dolor dependerá de su capacidad de resistencia y de recuperación, el segundo de la profundidad de la herida o llaga. No son mesurables pero nos son familiares. De hecho, tanto estos como los emocionales de pérdida dependen de haber pasado por una experiencia similar: quién no ha sufrido el dolor de un desengaño amoroso o de una muerte, quién no ha tenido un corte o un golpe, quién no ha sentido dolor muscular por un esfuerzo prolongado? El dolor no imaginable es el que no se experimenta si no es en casos excepcionales.

El dolor existencial, que bien puede ser consecuencia de una depresión o de un estado innato del ser, no es común y dependerá de cada persona que lo sufra su grado y profundidad: ¿cómo se transmite esa congoja, como se mide?
Luego está el dolor agudo, la hiperalgia, proveniente de una patología más o menos grave. La fibromialgia produce dolores en todo el cuerpo y a los que lo padecen pocos lo creen ni disponen de tratamiento farmacológico; con el dolor del que sufre un proceso oncológico en fase terminal ocurre algo similar; los procesos que dependen del sistema nervioso pueden a veces ser atajados por la cirugía pero antes de ella y después en algunos casos no existe apenas alivio; el dolor de unas quemaduras de tercer grado debe ser inexplicable.

Dos ejemplos que pueden resultar cercanos. Un dolor de la muela del juicio nos tiene dos o tres días sin dormir y no sabemos donde meternos. Un dolor de lumbago nos deja postrados cuatro o cinco días sin dormir y en un sinvivir. En ese momento pensamos que no puede haber nada peor, que no soportaríamos más dolor. Pero el ser humano lo soporta todo o casi todo. Multipliquemos por diez ese dolor y seguiremos vivos.

No nos moriremos de dolor, aunque ya no vivamos como el resto de los sanos. Es más, el "pequeño" dolor de muelas, aun acompañándonos todos los días, en esas situaciones de dolor crónico y agudo, serían como una simple molestia. El problema surge cuando llega el otro dolor, el que te impide vivir y pensar. Ese dolor que va contra la filosofía de este mundo, porque en el fondo seguimos, a pesar de todo lo que pensamos que somos de inteligentes y evolucionados, rigiéndonos por los patrones genéticos de supervivencia, el mismo instinto que margina de la manada al león herido hasta su muerte. De repente, el mundo desaparece: nos encontramos con un dolor insoportable y con nadie o casi nadie que lo comprenda y con el mencionado vacío social. Si es por una enfermedad irreversible el dolor aumentará hasta que nos muramos y al cabo, liberados, diremos: así no sufrirá más; y nosotros, también liberados, pensaremos: así no sufriré más y no seré mayor molestia. Si se trata de un dolor crónico pero consecuencia de una enfermedad no mortal, en este mundo en el que están prohibidos el suicidio y la eutanasia, todo comienza a empeorar.

Nos convertimos en un lastre, nuestro cerebro no entiende el dolor ni la soledad ni la incomprensión, queremos ser independientes pero no podemos, queremos huir pero no podemos ni nos atrevemos... El dolor crónico, y esta aparente divagación tiene su significado, conlleva también o agrupa, el resto de los dolores. El dolor crónico es una guerra contra la humanidad -y no contra los humanos, ni el mundo ni la vida o la muerte-, contra el primitivo instinto de la manada. El delito de la vida: marginamos a los lisiados, a los locos, a los minusválidos, a los extranjeros, a los mendigos, tenemos miedo de lo diferente, de lo que nos incómoda, de lo que nos recuerda que podemos acabar igual, de que no estamos libres del infortunio y de que no somos eternos.

Pero, qué es el dolor crónico, como se explica? Decíamos diez veces más que un simple dolor de muelas o un lumbago y decíamos las 24 horas del día, todos los días del año. Si sólo un mes lo sufriéramos todos -a pesar de que luego olvidamos muy rápido-, lo entenderíamos. El dolor crónico, por otra parte, te priva de una vida normal: el trabajo se pierde, la vida social se pierde, la razón se va perdiendo. El dolor se convierte en una forma de muerte, porque el cerebro no lo entiende.


II

El cerebro no comprende por qué el dolor no cesa, por qué nadie puede mitigarlo, por qué a uno, hasta cuándo, para qué seguir soportando... Y como no te puedes valer, y como no trabajas, y como todos se van olvidando de ti, el cerebro debe enfrentarse a la soledad y a la lentitud del tiempo, más aún cuando el dolor te impide dormir y nunca pasa nada. Te cambia el carácter, por impotencia y por cansancio y por no ver futuro a nada. Además, los lazos familiares se van deshilachando: se cansan de verte sufrir sin poder ayudar a eliminar el dolor, se cansan de ayudarte y de no poder vivir sin el lastre que supones, se cansan de que no aportes nada y de que no seas el que eras, se cansan de tus cambios de carácter, se cansan de ti y de ver frustrados sus sueños... Y los no allegados, siempre nos preguntan cuando dejaremos de vivir del Estado o insinúan que es cuento y te miran con los ojos de quien, por ignorancia, se piensa mejor. Esa misma actitud de desconfianza se clava en algún momento en tu familia, si bien por la buena fe y la rebeldía ante la impotencia.

El dolor que hasta entonces era físico, se convierte también ahora en emocional: pérdida, desamor, incomprensión, desdén por la vida, apatía, irascibilidad, autocompasión, antisociabilidad, dolor por la soledad, intransigencia, inseguridad, vulnerabilidad, dolor por la vida, pensamientos de suicidio... E incluso, comportamiento bipolar, de euforia, cuando en dolor nos da un respiro, pensando que tal vez no vuelva más.

Y a todo ello se une el dolor trivial: duele cepillarse los dientes o afeitarse o defecar u orinar o sentarse o calzarse los calcetines o reír o estornudar o toser o gritar.

Y, sin embargo, seguimos vivos. Y, por ello, por insistencia de nuestra propia conciencia, de la realidad y de nuestros seres queridos, nos damos cuenta de que hay que tomar una decisión. Podemos abandonar, mediante el suicidio o el encerrarse, depresivos, en el propio dolor. Podemos también, por esa naturaleza innata propia del humano, apelar a la rebeldía.


III

En este caso, se trata de un acto anónimo de heroísmo, por uno mismo y por las personas amadas. Y es limitada, es como decir: no me vas a vencer por ahora, te lo voy a poner difícil y, si no puedo contigo, aprovecharé tu fuerza a mi favor, si no puedo contigo me uniré a ti.

Mas, qué acto de rebeldía, qué estrategia se debe emplear? Primero, tal vez, escribir este estudio del enemigo, saber a qué nos enfrentamos, cómo ataca, qué daños causa. Después plantarle cara, como un acto de autoconfirmación, como una arenga previa a la batalla.

Tengo que decir y creer que te voy a vencer, dolor. Tengo que creerlo a pesar de todo, a pesar de todos los años que he luchado contra ti y de todas las batallas en las que en el último momento me has vencido. La guerra no ha concluido, porque sigo aquí. Nunca te das por vencido y yo tampoco, aunque haya instantes, como ahora, en los que pienso más en rendirme que en continuar batallando. Al final, es obvio que un día me moriré, pero no creo que sea por tu victoria. Bien es verdad que mis aliados te temen y es normal que prefieran alejarse de nuestra contienda. Pero tus malas artes ni tus aliados apenas han logrado minar mi moral puntualmente. Si no, piensa cuántos días en total, desde que nos enfrentamos por primera vez, has estado bajo mi suela, derrotado: más que yo bajo tú yugo. Tus armas son más incisivas y tu objetivo es la victoria por la victoria, la destrucción por la destrucción; pero yo tengo la certeza de que mi lucha no se limita al mínimo hecho de vencer. Mi victoria tiene como objetivo la vida y no sólo la mía, también la felicidad de otros. Y esa arma es más poderosa que todas las tuyas juntas.

El tercer paso es el más difícil -aunque el primer paso es el más importante, plantarse y tomar conciencia- y el que llevará más tiempo y el que necesita de la constancia y la paciencia de uno mismo y de los que te aman. Se empieza por recuperar la sonrisa, aprender de nuevo a sonreír; después hay que abandonar el resquemor, mirar por uno, olvidarse, en el buen sentido de la palabra de los otros; al tiempo, hay que planificar la actitud futura para retrasar las crisis de dolor agudo y mitigar su efecto cuando lleguen -que llegarán-: volverse metódico y perseverante, para no caer en la euforia, durante los períodos suaves, e intentar no hacerle caso al dolor y mantener las pautas de los períodos suaves lo máximo posible -hacer como si no existiera, aunque haya que disminuir el ritmo-, sin abandonar la sonrisa y sin caer en el pesimismo, cuando lleguen las crisis agudas, y, durante ellas, ocupar el tiempo en la crítica constructiva sobre nuestra evolución para introducir mejoras, escribiendo, alternando con lecturas y utilizar los medios más eficaces para poder dormir lo máximo posible, así como no olvidar siempre sonreír. Para ello hay que ser realistas y no mentirse, reconocer nuestras limitaciones y ser estrictos en el cumplimiento de los medios a utilizar. Saber o intentar sabes también adónde queremos llegar.

Veamos el ejemplo de planificación de mi caso, sobre las bases expuestas.


IV

PLANIFICACIÓN.

1. Levantarse a las 8 h. todas las mañanas, desayunar y dar un pequeño paseo.

2. Fijar un horario laboral de 9 a 14 h. y de 16,30 a 18 h. con una siesta al mediodía. Los viernes sólo horario matinal.

3. Dar un paseo o natación de 18,30 a 19,30 h.

4. Evitar las comidas al mediodía y si salgo una noche regresar a las 23,30 h. -muy importante no trasnochar-.

5. En la cama durmiendo a las 24 h. -muy importante intentar dormir 8 horas-.

6. No intentar utilizar el pc fuera de horario de trabajo.

7. Fijar un plan personal de trabajo en la oficina.

8. Pensar en futuro y olvidar lo malo del pasado, vivir por uno mismo.

9. Precaución en todos los movimientos y posturas.

10. Sonreír y sonreír.



Este es un ejemplo que ni siquiera el que lo ha escrito puede, de momento, hacer nada más que intentarlo, por pasar más tiempo en cama que viviendo y porque paso casi las 24 horas del día sólo y sufro de insomnio como consecuencia del dolor. Supongo que es un mero proyecto, una idea de lo que debería hacer cuando el dolor se mitigue. Tal vez le pueda servir a alguien o sea, ante mi desconocimiento de la Psicología y de la Medicina y Las Ciencias de la Salud –como le llaman ahora- sea un simple disparate.


REFLEXIÓN INDIVIDUAL

No sé si es consistente, si tiene sentido éste texto como tal, el mero hecho de escribirlo o todo en general. Puede que haya perdido el punto de referencia, como un barco en la niebla –ante de que existiera el gps- y que sólo escriba majaderías. No sé si yo soy el inconsistente, el que vive en una constante alucinación o haya perdido la razón o este entrando en los umbrales de una obsesiva demencia.

Cuando se dispone de tanto tiempo para pensar, es posible que nos vayamos alejando de la realidad objetiva –si esta existe, si algo existe.

Pero después de todo, sólo pretendo sembrar esperanza y que pueda servir para quien sufre o ve sufrir a alguien.

Probablemente, y como conclusión, el dolor me haya convertido en un esperanzado demente.

Intentando ser objetivo, creo que este texto puede servir más para quien tiene cerca al doliente. -Como la pregunta ‘¿quién cuida al que cuida? Ponerse en el lugar del otro-. Esa víctima colateral que ha visto cómo ha cambiado su vida sin comerlo ni beberlo. Faltaría el testimonio d uno de ellos para conocer también de qué pueden estar construido su sufrimiento.


UNA REFLEXIÓN EN LA SOLEDAD INSOMNE

Una anotación que escribí una noche sin fecha, como un suspiro surgida, puede servir cómo epílogo.

“Dormir. ¿Quién no ha deseado dormir durante mucho tiempo? El dolor desaparece y nadie te omite. Nadie se cansa, ni tú mismo, de ti. Y al despertar, tal vez alguien conteste las palabras de tu corazón. Siempre me he sentido distinto y a la vez he tenido la idea o la sensación de que no podía pasar por esta, a nivel lógico incomprensible, existencia sin legar una herencia más allá de lo pecuniario. Ser distinto en la mirada de las cosas, rebelde y, con el tiempo, desistir impotente. Algo más que pasar, que nacer, desarrollarse y morir. El problema, en la absoluta soledad de la mente, mi mente, cada vez más hermética en respuesta a las decepciones y desilusiones acumuladas, ciertas o imaginadas, es hacia dónde y cómo enfocarme. Soy como un presuntuoso que al final es un pequeño accidente, una simple anécdota o un cohete de fuegos artificiales. De repente, uno se da cuenta de que es una farsa para uno mismo y para el prójimo, que no sirve para nada ni en lo interno ni en lo externo. ¿Bloqueado por el dolor, desengañado por todo, vencido por la certeza de que nada sirve ni tiene sentido...? Un barco sin brújula en una noche encapotada. Daría parte de los años que me puedan quedar por eliminar este dolor y por encontrar un indicio de hacia dónde dirigirme. Conocerme a mi mismo para saber qué quiero y hacia dónde encaminar mis pasos a pesar de la lacra del dolor. Solo, pues nadie me va a ayudar ni puedo exigirlo porque sería malgastar el tiempo y la energía, ya que nadie hace nada por nada y yo tampoco soy el más sociable de los hombres. Solo. Solo pues siempre estamos solos ante el espejo. Y porque el vacío que rodea me obliga.¿Soy igual de egoísta? ¿abandono o abandonaría al que me necesita a pesar de pensar que no? ¿Me veo distinto, soy realmente distinto, soy un enfermo mental? ¿Mi cerebro es el único que no descansa? -¿y todo para nada?-. Si me voy, desaparezco o muero, ¿cambiará algo? ¿Habría cambiado algo si no hubiera existido, cambiaría algo si no existo? ¿Es el dolor o mi mente quién me mantiene inmerso en la niebla cada día? ¿Es verdad lo que le digo o escribo al prójimo de que el cielo al fin clareará. Bastaría un pedazo de mi vida si ésta fuera medianamente, respecto a mí mismo, plena. ¿Qué quiero ser, hacia dónde quiero encaminarme? Me repito, me repito a cada instante y cada pensamiento. ¿Soy cíclico? ¿Me he gustado alguna vez? Si no es así, si no es cíclica mi existencia, entonces no tiene sentido ningún esfuerzo. Si es un proceso cíclico, puede que comience a ver un poco de luz algún día.”


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