Un punto de encuentro para aquellos que sufren cualquier forma de dolor crónico en su propio cuerpo y para quienes lo sufren como pareja, familiares, amigos o personal médico y sanitario. Un lugar abierto a quien desee exponer su caso o estudios o consultar sus dudas o realizar encuestas específicas o desahogarse… cómo y cuándo se quiera.

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martes, 11 de diciembre de 2007

LA MEDICINA HUMANISTA

Hace unos meses escribí BREVE ENSAYO SOBRE EL DOLOR CRÓNICO -dividido en tres partes y el cual pueden hallar en la barra lateral izquierda-donde llegaba a la conclusión que el sistema sanitario está viciado por la burocracia, el dinero, los intereses políticos y sociales y la deshumanización. Pienso que todo esto se debe a las fuerzas del poder y a la pasividad e intereses de lo propios médicos -en su mayoría-, los cuales se encuentran a nerced de aquél y de las empresas farmacéuticas.

No encuentro ahora el artículo, pero ya se han diseñado máquinas que diagnostican con una fiabilidad del 95% -frente al 65% de los médicos determinadas enfermedades-, con lo que tal como está el sistema, casi preferiría ser atendido por una máquina que por algunos -muchos- de los médicos que existen, sobre todo para evitar la pérdida de tiempo -suelen ser años- deambulando de consulta en consulta y especialista en especialista sin ser diagnosticado correctamente.

Frente a todo este sistema encontramos lad palabras del filósofo Sádaba recogidas en AZprensa.com:

El filósofo Sádaba aboga por la recuperación de la Medicina Humanista, en detrimento de la Medicina gestionada y utilitarista


El Instituto de Bioética y Humanidades Médicas, dependiente de la Fundación SEMERGEN ha inaugurado un ciclo de conferencias en el que participan diversas personalidades del mundo de la cultura

Redacción, Madrid (4-12-07).-El Instituto de Bioética y Humanidades Medicas (IBH), dependiente de la Fundación de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN), inició el pasado jueves, 29 de noviembre, un Ciclo de Conferencias, con la participación de personalidades reconocidas del mundo de las artes, letras, pensamiento, política y Medicina entre otras. Dicho ciclo ha sido inaugurado por el filósofo y director asociado del IBH, Javier Sádaba, quien impartió una charla, en el Círculo de Bellas Artes, de Madrid sobre “La felicidad y el cuerpo humano”.

Sádaba disertó en la primera parte de su intervención sobre el concepto de felicidad desde un punto de vista filosófico, ahondando en la importancia de la cultura como ingrediente imprescindible que acompaña a la felicidad, la cual, a su juicio, exige de la práctica de “gimnasia intelectual”.

Para este pensador, “el cuidado de uno mismo es una obligación básica, sin tener por ello que caer en el egoísmo ni en el egocentrismo”. Aquí, los médicos pueden jugar, a su criterio, un importante papel para concienciar a los ciudadanos de esta necesidad, y ayudarles a potenciar sus cualidades”. Se llega con ello al cultivo de la Medicina Humanista, que va cayendo en desuso, dando paso, como dice a una Medicina más gestionada, que asegura “horripilarle” al igual que los “hospitales utilitaristas”.

Nuevas conferencias
La siguiente Conferencia se va a celebrar el próximo 18 de diciembre, bajo el título “Los humanos somos altruistas ¿desde cuándo?”, a cargo del catedrático de Antropología de la Universidad de las Islas Baleares Camilo José Cela Conde.

Otros temas que completan dicho ciclo versarán sobre las células madre y la clonación, dilemas éticos; la ética en la información de salud; la dimensión ética de la literatura; Poética, ética y estética de la figura del médico; Medicina y literatura; La ética de la docencia de la Medicina, se abordarán periódicamente entre 2007 y 2008.

Como explicó el propio Sádaba en el acto inaugural de este Instituto, sus principales objetivos son desarrollar el pensamiento, reflexiones y conceptos de la bioética aplicada a la medicina clínica y en particular al ámbito de la Atención Primaria, así como fomentar las facetas humanísticas y los valores éticos y profesionales de la práctica médica.




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viernes, 21 de septiembre de 2007

DOLOR DE NO SER YO (HISTORIA DE AMORALGIA)

DOLOR DE NO SER YO





Quiero vivir

y no en la rabia,

quiero amar

y amo

y también sufro,

tercer apellido

de mi trivialidad.


No hallo tribunales

que juzguen a un espasmo,

a una puntilla ardiente,

a un terremoto carnal,

a un subcutáneo ardor,

a un descarnamiento

o a un desmenbramiento,

ni existen factores atenuantes

de vinagres

en los gestos y en la voz,

ni nadie puede detener al amor

que huye en busca y captura,

rebelde de sufrir

lo que no soñó.


Todos podemos relatar de desamores

y de ese padecer de congoja y ausencia.

Todos identificamos sus heridas.


No todos saben interpretar

los anuncios de lluvias o granizos.

Solo el campesino lo siente.

Y sólo ellos pueden ser testigos

de mi demanda judicial.


Que mis pruebas no son mensurables

y mi cerebro es una caja fuerte

de la que nadie poseemos

la secreta combinación.

Mi cerebro como memoria,

las entrañas como cuerpo del delito.


A la claridad del día

la viste de tinieblas

y de semillas de jalapeños,

a la noche de estrellas y silencios

le clava el mudo grito

de la desesperanza y del vacío.

Mas ambas en función privada,

en interno y eterno fluir de horas,

de meses, estaciones y destiempos.


Se electrocuta la sangre,

los clavos de cristo regresaron,

la soledad de los muertos,

el silencio de los muertos

compañeros del quejido…


Y se suman dolores

de desamores y de amores

que el agujero negro

desintegró.


Me queda estampar el papel

con otro grito mudo,

para advertir que sigo vivo,

para sanar la herida,

para creer en la esperanza

de que todo sepa

a los besos perdidos

y escuches el latido

de un espíritu en lucha.


Mas me ves enfermedad

y me aprecias

en arenas movedizas disolviéndome

y me piensas abrupto

porque rabio,

porque no me comprendes,

porque dices que no me amas,

porque no me oyes,

tanto que no merezco el cabo

que al menos a flote me mantenga;

ni ves que no soy yo la enfermedad,

sino gladiador contra lo invisible,

lo intangible, lo incansable,

en una guerra que no he buscado,

en la que soy cadete y general,

sobre la que sueño,

por encima de las derrotas,

tantísimas derrotas,

reaparecer vivo y liberado.


Hoy no escucho risas,

no vibro con tu canto,

no descanso en tu caricia

y el hielo ocupó la horma de tu calidez.

Hoy tampoco te veo feliz

o descansada o despechada,

no quieres mi hombro de reposo

ni las delicias del abrazo:

te has quedado

sin piernas para andar

y no te compensa

la alegría de nuestra complicidad.


Con todos los dolores

la rabia me desborda

pues soy ciego sin bastón,

pues soy sordo sin tu voz,

pues los sentidos

carecen de sentido,

pues la lógica

barrunta en la sinrazón.


La locura quizás

de pensar y sentir

que el amor puro

es el cénit de lo puro

tal como inquebrantable eternidad.


Tú que de mí has conocido

lo bueno, lo malo y lo que no conozco,

¿no tenías más motivos para amarme

si ya mi ser era parte de ti

y con él toda la libertad de tu vivir?

Exclusiva elección de la negatividad

que se apodera de tu sangre y de tu aliento

y te incita a destruir por no crecer.


Dolores sobre dolores

y sobre dolor la impotencia…


De no poder correr o saltar,

de no poder dormir o soñar,

de no poder hablar y escuchar,

de no poder amar y ser amado

.

Impotente rabia que me tiraniza

y transforma lo malo en peor.




Vistiéndome de un nuevo dolor…




… el impío dolor de no ser yo.








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sábado, 8 de septiembre de 2007

EFECTOS SECUNDARIOS (Tercera Parte de ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR)

EFECTOS SECUNDARIOS: ESTUDIO, DESDE EL PUNTO DE VISTA DE UN PACIENTE, DE LA ORGANIZACIÓN SANITARIA Y PROPUESTAS PARA REFORMAR TODAS LAS ADMINISTRACIONES PÚBLICAS DE UN PLUMAZO. AMÉN. (Tercera Parte de ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR)

Llamo Patán a esto que llaman los expertos crónico o neuropatológico o secuelar. Lo llamo así, como el perro de risa burlona de Pierre Nodoyuna, de la serie de dibujos de Hanna & Barbera Los Autos Locos –así los titularon y bautizaron en España, que no sé si en el resto del universo de Cervantes son coincidentes-, porque cuando aparece en su máxima expresión y me retuerzo y no sé a quien matar o insultar o a qué magia recurrir o adónde desvanecerme, me imagino que el dolor es de alguna manera un ente viviente y me lo imagino disfrutando de mis delirios y pesares con esa misma risa sorda y raspante de Patán.

La medicina, como ejercicio, me recuerda a esas pruebas de los psicólogos, de las que tanto gustan los guionistas y realizadores audiovisuales, en las que un paciente debe interpretar lo que aparentemente es una serie de manchas sobre sus respectivas cartulinas. Si te duele la espalda y el abdomen, por ejemplo, y acudieses a varios médicos especialistas, cada uno de una materia, cada uno de ellos te referirá un diagnóstico distinto: los riñones, el intestino, el colón, lumbago, estenosis del canal, hernia, depresión, dolor psicosomático, etc. La mancha y la cartulina son las mismas pero la interpretación varía según quien la mire. Si uno hiciese caso a todos a la vez y se administrara, obediente, todos los fármacos que le han recetado, se moriría de locura o de un colapso o de ambos resultados a la vez.

Por lo tanto, el doliente tiene que acudir no al sentido común o a la inteligencia para dilucidar a quién creer, sino a la intuición, al instinto y al sistema de prueba y error. Como solo puedo hablar de mi caso, este proceso no suele ser de resolución de un día para otro: puede llevarle años llegar a dar con el que de verdad le solucione la dolencia -o elimine o mitigue hasta hacerla llevadera- y descubrir que Occan estaba, con eso de su navaja, en lo cierto.

Ya llegado a este punto, mientras espero que concluya la paralización vacacional del país y me reclamen de la Unidad del Dolor de la sanidad pública autonómica –la cual dirige paradójicamente el mismo doctor que me remitió desde su consulta privada: mas sino de qué comerían los funcionarios y burócratas-, para que me instalen unos electrodos de estimulación subcutánea, resulta que la mente descansa un poco y se puede acorralar a Patán en un rincón apenas injiriendo una dosis determinada de opiáceos.

Después de cuatro operaciones, cada una de ellas más invasiva y peligrosa para asegurarme o no una pequeña porción de futuro –menos una de ellas que consistió en tres sesiones para insuflar ozono-, resulta que bastan un saco de droga y dos simples electrodos para dominar y posiblemente desterrar a Patán. Sucede también que, al informarme, descubro que esa técnica se aplica desde hace unos doce años y por tanto, ya en mi primera visita en septiembre del 2000 al quirófano podía haberse evitado.

He deducido –tras más de siete años he tenido tiempo y acumulado datos propios suficientes como para llegar a este atrevimiento- que todo esto se debe a dos circunstancias o motivaciones que me parecen preocupantes. Una de ellas tiene que ver con la visión que los médicos poseen de la relación entre ellos y sus pacientes y se manifiesta a través de un conjunto de distintas actitudes. La otra es una conjunción de intereses de poder y económicos.

Atendiendo al primer grupo, por un lado, el médico abusa en muchas ocasiones de su posición y sus conocimientos y, por lo tanto, tiende a menospreciar las descripciones que el enfermo le transmite, bien considerándolas exageradas o bien inventadas -con lo que pagan justos por pecadores-. Por otra parte, si se da el caso que el paciente es nuevo pero viene de haber sido tratado por varios especialistas, la opinión del paciente puede ser hasta intrascendente para pretender reconocer que en realidad es cierto que sufre de algo, pero que ese algo no es lo que le cuenta el doliente sino que él, con sus poderes sobrenaturales, va a descubrir lo que le ocurre realmente pues ni el paciente ni otros médicos van a saber más que él. Pero, por último, se da una conducta que sí está casi totalmente generalizada y que es, a mi entender, la causante del incremento de la ansiedad y de la patología en más cuantía que en su desarrollo habitual.

Porque los médicos parece que hayan olvidado –si alguna vez lo supieron- que el paciente lo único que desea es que le quiten el dolor o el malestar que soporta y que sea de la manera más rápida y, si es posible, con las acciones menos molestas. Le importa un pepino que sea con el remedio de la abuela o de un chamán o que se utilice una droga o que le tengan que abrir en dos si con ello va a lograr real y definitivamente dejar de sufrir, ser sanado. Así, si unimos la vanidad con la omisión de los sentimientos o intereses del cliente sucede que diagnostican, en primera instancia, una enfermedad vulgar o común y le recetan fármacos de escasa acción; y, si ven que insiste, le recetan después algo un poquito más fuerte y, si con esto nada, lo remiten al especialista que aseguran ellos, sobre la base de su primer diagnóstico, es el que precisan. Con el especialista se repite el proceso, con las salvedades de que éste le dará un matiz nuevo al diagnóstico -y nuevos fármacos- y no le va a remitir a otro colega que trate otros campos u otras técnicas, de manera que el paciente, el que sufre todas sus decisiones, o se encomendará ciegamente a él, aunque le abra por diez sitios, o, viendo que no mejora, se buscará otra opinión –en ella probablemente se den en esencia las mismas pautas- y el médico pensará o que lo ha sanado o que el tío tenía más cuento que Los Hermanos Grimm. De hecho no conozco a ningún especialista que diga: yo no le puedo ayudar, vaya a ver a éste que su enfermedad pertenece a su especialidad o el utiliza una técnica más efectiva, porque la mayoría de los médicos utilizan el axioma inconsciente y consciente de que todo el que llega a su consulta va a ser sanado por sus manos y sus conocimientos: la parte inconsciente es la que hemos tratado en éste y en el anterior párrafos –el primer diagnóstico determina el resto del proceso y no importa que sea certero o no, ni si se le alivia al paciente o no-, la parte consciente la trataremos en el siguiente.

La pregunta es: ¿por qué se le ha otorgado a los médicos el mismo poder social que al chamán? El chamán posee un contacto directo con las fuerzas del más allá, pero los médicos se basan en la ciencia y ésta en sí es aconfesional. Ese estatus social se manifiesta de cara al paciente y de cara a sus propios colegas, de manera que tiene que defender su posición sea como sea. De ahí que los médicos nunca se equivoquen, en la faceta de reconocerlo –de ahí también su corporativismo-, de ahí su fuerza en la estructura del Estado –los médicos trabajan en lo público y en lo privado, no existen incompatibilidades y son socios hasta de clínicas privadas a las que se remiten clientes desde su consulta pública, mientras que cualquier funcionario lo tiene vetado, y no se ponen nunca en huelga, porque no pueden permitirse ese lujo los gobiernos…-, de ahí que no receten una medicina potente, pues entonces ya no depende de su intervención la sanación y de ahí que sean considerados por la masa como aquellos en los que en última instancia depende que su existencia sea más o menos extensa. En la sanidad pública, defenderán su estatus de productividad y de nombre; en el ámbito de su ejercicio privado, defenderán sus intereses empresariales sobre todas las cosas. Y esto entronca con lo que se ha llamado en los ambientes bursátiles la “burbuja médica”.

Como todo en esta sociedad, la medicina se rige también por los mandamientos económicos. Desde las farmacias, las medicinas, el funcionariado, los bolígrafos y el papel de las recetas, los ordenadores, las tarjetas sanitarias, las vendas, tiritas, desinfectantes y cicatrizantes básicos son miles de millones de euros o dólares los que se mueven cada día. Las firmas farmacéuticas y de suministro sanitario envían a sus comerciales –curiosamente denominado visitador médico- a las consultas de los médicos y les regalan todo tipo de artículos –incluidos viajes y otros lujos- para que receten sus medicamentos o utilicen sus utillajes. Esto hace que el paciente pague más caro las medicinas, que no se pueda aplicar eficientemente la prescripción de genéricos, que los países pobres no puedan tratar el sida, que una empresa farmacéutica contrate al Estado de Malasia para recibir, en exclusiva y al margen de la OMS, todas las muestras de gripe aviar –de animales o de humanos-., que en las bolsas del mundo se esté dando un crecimiento inusitado de los valores médicos –de ahí la burbuja-, de que dichas firmas financien o esponsoricen equipos de fórmula uno, etc. Por ello, un paciente puede recibir un tratamiento o ser intervenido y aplicada una prótesis o no según los intereses del propio médico y de las compañías involucradas.

En mi caso, yo tengo implantada una artrodesis de titanio –una especie de andamio de titanio anclado en la columna con tornillos y que suelda y fija cuatro vértebras en la zona dorsal y del cóccix-. Según me enteré tras la operación ese artilugio tiene un coste de 18.000 € aproximadamente –hace tres años- y da la casualidad que conozco al visitador médico que los vende por amistad con otro amigo y lo corroboré. No tengo ninguna duda de que el cirujano que me lo colocó, además de hacerme otras reparaciones durante nueve horas en total, lo hizo con la absoluta fe en que aquello era lo más indicado para mi caso y más aún por venir de tres intervenciones anteriores que al parecer no se realizaron lo bien que se hubiera deseado –eso es lo que me dijo- y porque o se me intervenía urgentemente o perdería del todo –ya perdí un 35%- el uso del nervio ciático. No tengo duda porque sé que es buena persona. Mas como todos somos humanos y nos dejamos llevar por prejuicios, ¿quién me dice a mí que él valoró todas las opciones? Y si nos remitimos a mi antiguo neurocirujano de Sevilla –no lo nombraré y sólo daré la pista de que es el padre de una missespaña muy conocida televisivamente- estoy convencido de que cada una de las palabras de éste texto se cumplen, pues él es además socio de la clínica donde se me intervino. Pues una operación te la venden como el remedio más eficaz y resolutivo, cuando resulta que sólo abrir un quirófano cuesta mínimo unos 18.000 €, para pagar al personal en su mayoría y para pagar en concreto al cirujano. Evidentemente, la industria de los electrodos o del ozono estará moviendo sus hilos de lobbys y de marketing para hacer rentable su negocio, sin embargo, ¿por qué los médicos no estudian una vez consagrados, por qué no leen que en todos los estudios realizados, incluida la OMS, desde hace más de quince años, se asegura que la intervención invasiva de espalda no ha dado resultados superiores a un 30% de curación –imaginen esa cifra en un fármaco- y que las secuelas de fibrosis y del propio trauma operatorio causan, en la mayoría de los casos, un empeoramiento del paciente? ¿Será porque entonces pierden su espacio vital –a qué se dedicarían, dónde quedaría su fama- y porque existen poderosos intereses económicos para seguir realizándola incluso cuando no hace falta –pues se dan casos en los que es necesario-¿ ¿Si es más barato y menos traumático, deja menos secuelas y resulta más eficiente –demostrado por la OMS también-, por qué se sigue haciendo oídos sordos?

Igual ocurre con mi tramadol del alma, que me lleva con sus efectos secundarios a un plácido dormitar y a una desmesurada imaginación –en lo bueno, porque en lo malo, entre otros, me hace más torpe y alelado de lo que ya era-. Hace tres años, cinco meses antes de mi última intervención, me tuvieron ingresado veintitrés días en una clínica con una bomba de anestesia en vena –en brazos y manos guardo su recuerdo- y después doliéndome más –antes de la intervención- sólo me recetaban tramadol 50 mg –en España hace falta receta para dispensarlo, mientras que he leído que en muchos países sudamericanos se dispensa libremente- y, tras la operación, de nuevo con dolores horribles e incapacitantes, habiéndome sido concedida una incapacidad por el Estado, seguían recetándome a libre demanda la misma dosis. Y rebelándome, indagando en internet, descubro –lo primero que no estoy tan loco- que en los hospitales públicos existe un departamento denominado unidad del dolor que se dedica a tratar casos como el mío –ningún médico de cabecera o especialista o amigo me había hablado de esas unidades, ¿será porque son un poco antisistema?- y voy, para agilizar –y a costa de un buen agujero en la cartera-, a la consulta de su director y todo lo que me decía y me preguntaba era como hablar con un espejo que sabe dónde, cómo y cuándo te duele; más aún me receta, para el periodo de espera hasta la intervención, que siga tomando a demanda el tramadol 50 mg –además de los relajantes, el somnífero y los antinflamatorios que ya me aplicaba- y que tome lyrica –pregabalina-, para los calambres, tembleques y espasmos, y tramadol retard 200 mg al día de partida, en dos tomas, y si no fuese suficiente que se lo comunicase y me lo aumentaría.

¿Tan difícil era intentar quitarme o calmarme el dolor, en vez de hacerme pasar por loco o flojo o psicosomatizado o parásito social por amigos, enemigos e íntimos, amargarme la existencia, quebrar todas mis relaciones sociales a todos los niveles, impedirme trabajar y casi arruinarme –mi pensión es la mitad de lo que cobraba antes-, dañar mi salud mental, perderlo todo y a todos y acabar hablando con un ordenador?

Llegué a los 400 mg/día y ¡voila: esto es vida! Hasta, a pesar de todo lo narrado, de esta sociedad mercantilista y, a la hora de la verdad, egoísta e insolidaria, en la que siguen primando los mismos instintos de supervivencia evolutiva y de alienación al tarado o al débil, en la que los sentimientos no cuentan, en la que nadie se pone en el lugar del otro, a pesar de todo con esa dosis floto y me sonrío y me burlo y les aplico la misma indiferencia. Si no me acuerdo lo que he hecho hace cinco minutos, será porque no merecía recordarse; si voy a un sitio y cuando llego no sé para qué había ido, pues espero a acordarme; si duermo más horas que un bebé, será para recuperar todas la que no he dormido estos años; si me mareo, sólo hay que ir con más cuidado; si no puedo concentrarme en leer lo escrito por otros, lo escribo yo mismo y en un periquete se ha solucionado el problema; si no tengo hambre, adelgazo –camión que no anda no necesita gasolina-; si no puedo conducir, tomo un taxi. No hay efecto secundario del que no se obtenga una ventaja, más aún por ser momentáneos. Porque lo importante es que el dolor está ahí, pero no me llega al cerebro en las cantidades que me obligan a no poder despegarme de él, porque puedo relajarme y pensar que existe un futuro y que todos los que se apartaron de mí, ya no caben en él y se lo van a perder –o sea, que se jo… fastidien los feos-.

Espero, sólo ruego eso al dios de la alquimia, que su influencia se mantenga con el tiempo y no suceda como con los efectos secundarios, que te acostumbras a los diez días, y que se inmunice Patán a esta dosis y vuelva a orinar por todas mis esquinas para marcar su territorio.

Aunque él no sabe que existe la morfina ni que la electricidad le va a dar un chispazo en el culo que se le van a quitar para siempre las ganas de siquiera olfatearme. No sé para qué tantos antidepresivos circulan por el mundo –más que billetes de 500 € que los españoles guardan en sus casas y cajas privadas-, cuántas pastillas y drogas y sustancias adulteradas se mete la gente, cuando ésto, a menos de dos euros la cápsula –a menos miligramos más barato-, te deja feliz y activo mentalmente y sin ser peor el remedio que la enfermedad, y además por ser pensionista no me cuesta un duro –ahora un céntimo.

Fuera aparte –dicen por aquí- frivolidades y pamplinas, para que no me acusen de incitación al delito y apología de la drogadicción o de lo que se les ocurra –si bien yo no soy el que la administra opiáceos para sustituir a las drogas ilegales-, mi objetivo es que esta fase sea meramente temporal, transición hacia el estado en que controle el dolor eléctricamente. En definitiva, nuestra existencia se debe a una corriente eléctrica continuada, todos nosotros somos la manifestación de millones de impulsos eléctricos, por lo que entramos en otra fase del análisis.

Ahora las pregunta es: ¿la medicina tradicional, la que se nos presenta en los servicios publico y privado, no está abocada a desaparecer? Por una parte, el médico de cabecera o de familia, es decir el primer escalón al que se presenta el ciudadano, es un mero dispensador de recetas o partes y un adivinador de enfermedades comunes, tareas que podían ser realizadas por un programa informático. El especialista, ordena unas pruebas las analiza y sentencia, por lo que también sería sustituible –es cuestión de crear los programas. Diríamos por tanto que sólo tienen un verdadero valor los que actúan sobre el cuerpo, los cirujanos y los traumatólogos, es decir fontanería y chapa y pintura o albañilería, así como los incluidos en servicios de intervención rápida –urgencias, ambulancias- o especiales –UCI, UVI, House-. Todos ellos sí se hallan en verdadero contacto con la enfermedad y el dolor. Por último existe el grupo de los electricistas, o sea los neurocirujanos y anestesistas. Es decir, disponemos de fontaneros, albañiles, servicio de seguridad, y electricistas. Ahora bien, sin electricidad no funciona el resto, y sin fontanería puede ocurrir lo mismo.

Si componemos todo en el símil de una obra tendríamos entonces:

• peones = médico de familia
• capataces = especialistas básicos.
• sistemas de seguridad = médicos de urgencias
• ingenieros de fontanería = cirujanos internistas y ginecólogos
• ingenieros de estructuras = cirujanos traumatólogos
• ingenieros eléctricos = neurocirujanos y anestesistas
• ingenieros y arquitectos jefes = investigadores.

Los sistemas de fontanería y electricidad son indispensables, así como lo son los ingenieros y arquitectos jefes. Pero, ¿a qué se dedican los investigadores? ¿Quién investiga y en qué dirección enfocan sus estudios? Si atendemos a los estudios vemos que la mayoría de los avances se realizan por bioquímicos, genetistas, biólogos, físicos químicos… y, en el campo de la traumatología, ingenieros superiores.

Es evidente que el médico, si no fuera por su componente empático, tiene más de oficinista o de dependiente de mostrador que de científico, por lo que su mitología está a un tris de desvanecerse. Hoy mismo podría hacerme pasar por médico peón y ningún paciente sospecharía; si acaso, las viejas, yo prefiero a don Pedro, pues yo a doña carmen, óyeme ¿y el médico nuevo…? Huy, dicen que es muy agradable, pues a mi me han dicho que es muy seco. Si cualquiera con unos años de experiencia como paciente y un poco de cultura puede diagnosticar un resfriado, una gripe, expender recetas y remitir a un especialista cuando ya no llegue a más. O un traumatólogo normal: unas placas y si no está roto, esguince o contractura o distensión, unas recetas y un vendaje comprensivo o lo que sea porque eso lo pone un asistente especializado y regrese dentro de quince días; si está roto directamente a yeso y unas recetas y regrese dentro de un mes; cuando ya se ha recuperado el cuerpo por sí mismo -si se ha reposado correctamente-, le entrego un papel con unas tablas de ejercicios rehabilitación o lo mando a un centro adecuado y si no hay ninguna complicación o recidiva, caso resuelto.

Más aún. Imagino el futuro: llegas a la consulta, te colocan un mono como de astronauta relleno de sensores para medir la frecuencia cardiaca y el pulso de todos los miembros y zonas del cuerpo, te tumbas en una camilla con forma de ataúd que analiza nuestras redes eléctricas y nos analiza o escanea electromagnéticamente, te arrancan dos o tres capilares, te extraen un poco de sangre y de orina y en media hora te dicen qué padeces, por qué lo sufres y qué es lo más posible que padecerás en el futuro e, incluso, de qué te morirás. Análisis genético, análisis eléctrico, estudio de fontanería y estructura ósea y poco más. Recetas apropiadas, decisiones apropiadas y destinos apropiados.

De este modo, haciendo uso del símil del ejército, actualmente existen demasiado generales viejos, el ejército raso está mal formado y equipado, y la estructura del sistema organizativo funciona mediante departamentos estanco y sin ningún tipo de comunicación y feed-back. Al mismo tiempo unos señores desconocidos se afanan, no se sabe dónde, en hacer todo lo contrario, en intercambiar datos y en estudiar cómo curar al ser humano –también tenemos a los que estudian para las casas farmacéuticas y éstos, que tampoco son médicos, prácticamente aplican los conocimientos recogidos de los estudiosos y los convierten en medicamentos, pero éstos no lo hacen por amor al arte, por ayudar a la humanidad, sino por controlar el mercado de la cura de una enfermedad concreta.

Los médicos de base actuales acabarán ocupándose de tareas similares a las que realizan los técnicos de rayos –RX, resonancia magnética (RM), TAC, GAMMAGRAFÍA…- y la medicina que se estudiará será más que nada un compendio de materias multidisciplinares que no tendrá relación alguna con lo que hoy recibimos/soportamos. Pues si no existen dudas en el diagnóstico –un computador en unos segundos analiza los síntomas y muestras y lo determina, incluso dos o tres, y abre el camino lógico y sin dudas hacia la sanación. Hoy el médico de cabecera te manda a casa a reposar 15 días –supongamos de nuevo por una dolencia de espalda- con un medicamento básico, para ver cómo evoluciona: si mejora, pues santaspascuas; si empeora mando el problema a otro departamento y no importa nada que en esos quince días el enfermo las pase canutas y le dice paciencia hay que tener paciencia –ni que fuéramos pescadores-; y ciertamente porque ahora se debe esperar uno o dos meses con una medicación un poco más potente pero insuficiente. El especialista es un traumatólogo tipo Pilatos, rayos y quince días más de reposo y algo más fuerte de fármacos –y paciencia de pescador-, y si no remite, me lavo las manos y para arriba a un neurocirujano. Con suerte, en la sanidad pública esto significa un periodo de reposo de seis meses –si no se te ocurre pedir el alta voluntaria a mitad del proceso, por eso de que el trabajo te llama, y recaer unos diez días después, ya que entonces se reinicia el proceso desde el origen.

Es obvio, que aún no disponiendo de la tecnología imaginada –o similar- si el diagnóstico se realizara en la primera o, como mucho, segunda visita –por aquello de cribar a fingidores, ancianas aburridas o hipocondriacos: las recetas repetidas y otros papeleos, para la enfermera-, todos saldríamos ganando. Este es un mal de todo aparato del Estado: así, si va a una delegación de hacienda para proceder a una consulta sobre un artículo nuevo que puede llevar a diversas interpretaciones, no te atiende el licenciado en económicas o en derecho especializado en fiscalidad, sino una señorita o señor que la máximo que ha estudiado es bachillerato y que no tiene ni idea ni de la nueva ley ni, por supuesto, de ese artículo, no sabe de hecho de que le habla más allá de cuatro palabras básicas de la jerga administrativa y alguna otra de impuestos. Podrán pasar una o dos semanas para que te atienda el experto –eso o te metes en internet y lo buscas o te vas a un bufete especializado y, a cambio de un ‘módico precio’, te lo resuelven. Y no hablo de los trámites para renovar el DNI, desde que tiene poderes digitales.

El sistema administrativo estatal, que precisamente se creó en Francia para servir al ciudadano, se ha convertido en un laberinto absurdo que Kafka plasmó hace ya más de una centena de años y que transforma un problemilla en una bola de nieve que se traga nuestras vidas; es decir, se ha metamorfoseado en el monstruo que pretende ingerir al ciudadano, en el primer enemigo del ciudadano. Y este monstruo adiciona a entes privados con los que comparten intereses. Por ejemplo la banca, las concesionarias de suministros -eléctricas de gas y telefónicas- y algún otro elemento con poder de facto.

El día que se acabé con todos estos absurdos, empezaremos a avanzar hacia una sociedad eficientemente democrática, pues el obstáculo perjudica siempre al que no dispone de medios económicos.


N.B.: Si alguien se ofende porque he generalizado será porque ajos come o por corporativismo, si uno no lo hace y no está de acuerdo con mis análisis y propuestas, es evidente que no tiene derecho a ofenderse o reclamar, sino más bien a intercambiar opiniones. No obstante he usado los términos ‘en muchas o algunas ocasiones’, ‘generalmente’, ‘suele’ y ‘similares’, como tampoco me he visto incitado a usar la archiutilizada palabra ‘presunto’ –la cual en portugués, por algo será, significa jamón.


Nota del Autor: Este breve ensayo un poco extraño y que se explica esta singularidad en su propio texto y lectura, viene a ser la tercera parte de una serie de ensayo breves que de alguna manera se le que podría denominar en su conjunto ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR.

Los dos fragmentos anteriores, los cuales de por sí poseen vida propia, son:

1.- BREVE ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR, en el cual se analizan desde mi punto de vista las distintas formas de dolor y lo que significa para el enfermo tener que enfrentarse a una continua batalla psicológica y física cada día para tener al menos un hilo de esperanza ante las poderosas fuerzas del dolor crónico. Se hace hincapié en la parte que está al otro lado, el que cuida -generalmente, salvo en los ancianos, la pareja-, que se ve envuelto en un proceso nuevo que le cambia la vida sin que en realidad vaya el tema con ella. Y se plantea una táctica para no caer en las garras de la desesperación, la depresión y el abandono. Fue publicado el 14/03/07.

2.- UN LIBRO Y UNA PELÍCULA: EL ARTE DE AMAR Y LA TORRE DE LOS AMBICIOSOS (CÓMO VIVIR MÁS ALLÁ DEL DOLOR). Publicado el día 08/08/07, en él se abarca qué se puede necesitar para realmente afrontar el dolor y la vida, en general, en especial cuando se va rompiendo todo el entramado sentimental de uno. Así mismo se presentan enlaces a estudios científicos, médicos y psicológicos de diversos autores de la Asociación Española del Dolor y de otras instituciones. En especial, hay que considerar como vital el nuevo marco de relaciones que se establecen en la pareja y en el ámbito familiar, pretendiendo en mi modesta "sabiduría" de este tema permitir a otros que soporten el trance con un conocimiento de que no son bichos raros y que nuestro entorno también sufre. objetivizar las situaciones, extrapolándose, puede ayudar a que no se convierta el dolor en una bola de nieve que lo va absorbiendo todo.






Mediante este enlace se puede ver la imagen astronómica del día (APOD) que ofrece la Nasa.


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UN LIBRO Y UNA PELÍCULA: EL ARTE DE AMAR Y LA TORRE DE LOS AMBICIOSOS

UN LIBRO Y UNA PELÍCULA: EL ARTE DE AMAR Y LA TORRE DE LOS AMBICIOSOS (2ª Parte de ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR)


De repente, cuando menos te lo esperas, llega un día en el que se dan coincidencias gratificantes y que afectan a nuestro caminar. Hoy –ya ayer- no ocurrió solamente la circunstancia de enfrentarme ante estas dos expresiones motivo de esta reflexión, también ‘descubrí’ aspectos sobre el dolor crónico que me insuflan conocimientos para enfocar las circunstancias de otra manera. Podría decirse que ha resultado una jornada ‘completa’. El complemento perfecto han sido un libro y una película: El Arte de Amar, de Erich Fromm y La Torre de los Ambiciosos, de Robert Wise, respectivamente.


Tanto en el ensayo como en la cinta cinematográfica se hallan las pistas para recuperar el rumbo. En principio, el personal y, al hacer pública mi opinión, el que estimo que ha perdido, con un alejamiento diacrónicamente creciente, la humanidad. He utilizado la palabra rumbo con toda intención, en lo que hace referencia a dirigirse hacia un destino, con lo que pretendo dejar claro que, en ambos ámbitos, se han olvidado los valores que le daban sentido a sendas evoluciones.


La sociedad actual, regida por la conjunción del capitalismo hedonista-consumista y falsamente democrático y borreguil, ha casi fulminado los valores humanistas sobre los cuales se habían alimentado las sociedades ‘occidentales’ hasta el final de la Segunda Guerra Mundial –como punto de referencia global y no estricto-, convirtiéndose dicho valores, a mi entender, en marginales.


En La Torre de los Ambiciosos, se nos presenta ya el enfrentamiento entre el humanismo y el consumismo-capitalista bajo la trama de la elección de un nuevo presidente de una compañía. El beneficio empresarial a corto plazo -el beneficio por el beneficio, el medio convertido en fin-, apoyado en la producción de bienes a bajo precio y con una prematura obsolescencia programada para favorecer un consumo masivo y continuado, la ganancia fácil y sin esfuerzo, la burocratización de los poderes económicos, la tiranía de los que ejercen los poderes establecidos, la homogeneización del trabajo, de la producción y del comportamiento –el aborregamiento, la dictadura de la equitatividad-, aparecen ya, a principios de los años cincuenta –se estrenó en el cincuenta y cuatro-, como el peligro antagónico de los valores humanistas representados por el protagonista quien, en solitario, se rebela, porque no le queda más remedio si quiere seguir siendo fiel a sus valores, y logra, al final, convencer a la mayoría del consejo de administración y salir victorioso.


Un artículo aparte precisaría la comparación entre el cine contemporáneo y el producido en aquellos años –yo diría que hasta mediados-finales de la década de los sesenta y salvando honrosas y escasas creaciones-, pero no puedo dejar de presentar mi opinión de preferencia para las segundas. Los guiones, la fuerza de los personajes, la calidad del montaje y la dirección, la credibilidad de los actores, hacen de las películas, en una media bastante alta, no un mero conjunto en desarrollo, más o menos estético, de imágenes, sino un todo narrativo en el que se incluyen trama, estética, retrato social y mensaje, equiparándose, en lo creativo y comunicativo, a las novelas. No descubro nada al indicar que el cine, en su consideración de arte o cultura, se encuentra en crisis, abundando películas de rápido consumo y muchos efectos especiales y violencia, de tipo video-clip, ‘remakes’, que mejor harían con enterrarlos, y dramas superficiales, de manera que los buenos creativos se han trasladado a la televisión para crear series de mayor calidad que los filmes aunque con influencia manierista de la cinematografía clásica. Mas en ambos entornos de la actualidad, aunque menos en la segunda, se transmiten y se mueven bajo la carpa de la decadencia que lo abarca todo. No creo que todo tiempo pasado fuera mejor, pero sí pienso que este tiempo es peor que el anterior –para España, por ejemplo y a mi parecer, este periodo comienza con la finalización de la crisis del petróleo, en torno a los años ochenta y cinco-seis, coincidiendo también con la entrada en la Unión Europea y la constatación del engaño del PSOE respecto a su programa electoral y que ellos lo denominaron ‘la normalización de la vida política y el regreso a la realidad internacional’.


La segunda parte de mi reflexión trae a colación el ensayo El Arte de Amar, de Erich Fromm, editado en mil novecientos cincuenta y seis, curiosamente coincidiendo casi con el año de la película de Weis, y publicado en España en mil novecientos ochenta y uno –ya sin censura, aunque a saber qué le vieron de censurable-; mi edición es de mil novecientos noventa – y diecisiete años después lo he releído. Si este libro se publicara hoy en día por primera vez, probablemente, los lectores que acuden a las mesas de las librerías de las grandes cadenas, donde se muestran los libros como si de venta de un producto en oferta de un supermercado, lo asociarían a los libros de auto-ayuda o de los de gurús empresariales –si bien todavía se sigue publicando, pero para lectura docente-universitaria de psicología-social. En su prefacio lo advierte –sería que en los E.U.A. ya comenzaba la plaga- y en sus palabras lo corrobora. También podrían confundirlo con lo que intentaba transmitir Ovidio en su libro homónimo, es decir, fórmulas para lograr que el enamorad@ consiga que su objeto de amor caiga a rendid@ a sus pies o trucos para lograr el mayor número de conquistas; mas no lo asociarían, pienso, con Ovidio, pues la mayoría no sabe quién era –por el nombre, si Ovidio les sonara, lo confundirían con un famosillo: Ovidio tiene nombre de eso, sí, me suena que sí.


Fromm, al realizar el estudio teórico y práctico de las formas de manifestación del amor, aborda la descripción de la sociedad posbélica y establece o recuerda los principios en que se ha basado la evolución intelectual de la humanidad, tanto en su manifestación social como individual. Si leen el libro –más abajo hallarán un enlace: de momento aún se puede obtener cultura gratuita en internet-, se darán cuenta que su descripción de la sociedad, como de los problemas del individuo, de los E.U.A. de aquellos años, no difiere, salvo en los posibles matices que pudieran provenir de la comunicación cibernética, de cada país y desde mi punto de vista, apenas ni un ápice de la descripción que pudiéramos realizar en un estudio de la sociedad actual y del papel del individuo en ella.


Fromm sitúa el amor como premisa de partida y primer objetivo para lograr una sociedad sana y un individuo que se sienta realizado. Un amor, en parte similar al cristiano-judaico, en su esencia de amarás al prójimo como a ti mismo, pero liberado de todas las cadenas que el capitalismo-consumista y la falsa democracia de la equitatividad. En efecto, Fromm nos muestra cómo el amor actualmente, desde el amor paterno filial al religioso, pasando por el amor erótico y a uno mismo, se ha contaminado también de los principios de intercambio y consumo hedonista, de la pérdida de valores. En la sociedad se fomenta la burocracia del poder –poderes públicos, cuadros directivos de las empresas, sindicatos, ONGes, aunque no existían entonces- y la sumisión de la masa dócilmente mediante juegos de palabras y falacias y sobre la base de un bienestar hueco, en el que el individuo es un número más del rebaño y se siente solo, sin otro fin que seguir adelante, para mantener su estatus laboral y social, creyéndose libre para actuar pero atado de manos por la dictadura de la mayoría y la equitatividad, del seguir el precepto máximo de hacer lo que la mayoría, para no sentirse alienado, y lo políticamente correcto. La destrucción progresiva de la sociedad por la falta de valores –de la que diría que es consecuencia a su vez la destrucción de nuestro hábitat- sólo puede enmendarse, nos dice Fromm, si se busca el aprendizaje y practica de un amor humanizado y no mercantilista: el amor a sí mismo, el amor a la pareja y el amor a los demás. Amar sólo a la pareja y olvidarse de uno o de los demás significa precisamente, como ocurre ahora, que se da un intercambio a dos en el que todo debe ser equitativo y dentro de los principios del mercado respecto a nivel económico, social e intelectual, donde más que amor existe aislamiento y buenos modales, cuando existen, y la sensación de no estar sólo. Si uno no se ama a sí mismo exclusivamente, por otro lado, es imposible que pueda amar a alguien. Si no se ama a los demás no se puede lograr una realización del ser humano en su existencia, pues entonces no ama y vive en una burbuja.


El autor, a mi entender, utiliza un artificio sutil para llevarnos hacia las pautas prácticas para lograr frenar la destrucción social y del individuo. Desde el principio, nos hace ver que el amor es un arte –desde el título y desde el primer capítulo-, por lo cual requiere, en primer lugar como sucede con todas las artes, conocimiento y esfuerzo. En cambio vivimos buscando el amor pero sin aprender sus bases teóricas y sin practicarlo. El esfuerzo y el aprendizaje nos parecen trabas que nos imponen y recuerdan a las tiranías; buscamos el amor como el que busca en la sección de anuncios de un periódico o la compra periódica en un supermercado -en internet curiosamente han proliferado estas vías de negocio, pues todo es negocio y marketing- y sin esfuerzo, sin conocimiento del otro e incluso supeditándolo a la relación sexual. No hay más que ser un poco observador para darnos cuenta de que el hedonismo y el nihilismo fácil –incluso en la cultura- predominan en nuestro entorno, sin importar los medios utilizados para satisfacer nuestra creciente necesidad de placer y, en algunos casos de poder.


Si consideramos que es un arte, además de proceder a su estudio teórico (Capítulo II), debemos ponerlo en práctica, teniendo en cuenta que corresponde a cada uno su tarea, partiendo de unas bases conceptuales. Así distingue (Capítulo IV) entre las bases generales que se necesitan para practicar cualquier arte –y que no se convierta en un hobby- y las propias del amor. Yo opino que más que en referencia al arte en general y al de amar, en su conjunto Fromm construye u ordena y explica la relación de los valores básicos de conducta y morales que entiende deben sustentar la existencia de los individuos y, por ende, extenderse a la sociedad en a que se desenvuelve. No obstante enumeraremos estos valores siguiendo su clasificación:


  • CUALQUIER ARTE:

    • Disciplina;
    • Concentración (aprender a estar solos);
    • Paciencia;
    • Preocupación suprema por el dominio del arte.

  • EL ARTE DE AMAR:

    • Superación Del propio narcisismo: la objetividad, la honradez;
    • Humildad;
    • Fe racional respecto a uno mismo, a la pareja y familiares y a la humanidad;
    • Valor para apostar por los valores fundamentales, para amar;
    • Actividad (huir de la pereza mental).


Como decía y afirma Fromm, quienes practican estos valores que se muestran en el libro y en la película son, actualmente, una minoría marginal –de hecho, quien practica plenamente cualquier arte, quien crea, piensa y razona por sí mismo, al margen de los convencionalismos, está considerado como un bicho raro-. Son valores que practicaban nuestros abuelos –para los que tenemos cuarenta años- y sobre los que se nos educó. Sin embargo nos hemos, me he dejado llevar por el entorno y he acabado sintiéndome perdido. No totalmente perdido, porque seguían ahí en forma de conciencia de desazón y de desesperanza, porque los había recibido por otras vías pero no los había hecho propios.


Fui subyugado, me subyugué ante la presencia del dolor crónico, centro de todo, freno de mi razonamiento hacia la vida, superficial e introvertido en las relaciones sociales, sentirme culpable del dolor por lo que ha destruido, depresiva o existencialistamente, sin disciplina, sin concentración, sin paciencia, sumido en el abandono, sin objetividad frente a mí mismo –aunque si para el resto- en relación a ese dolor, sin fe en mí mismo ni el los seres humanos y sin valentía –de la falta de humildad no sé que opinar; de la pereza mental, se ha dado una actividad mixta, mitad-mitad dependiendo de si se tratase de la actividad meramente intelectual, como leer, estudiar, escribir o crear, o si se enmarcara en el resto de mi actividad física y mental.


Escribí hace un tiempo un ensayo breve titulado BREVE ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR. En él hacía un ejercicio de comprensión del dolor, reconocía que era la venda de mis ojos, pero, más allá de auto-recetas en un decálogo, no entendía cual era el mal que me corroe, ni daba con la llave que me abriera la puerta de la recuperación vital, que me alejara del ‘seguir hacia delante a toda costa’, de sobrevivir con la ilusión de que el tiempo lo sana todo. Y ayer, casualmente, desempolvé las viejas piezas y, aplicando la poca racionalidad que me queda, pude encajarlas con las nuevas –coincidiendo también con la lectura de un estudio sobre los problemas psicológicos del dolor.


Ahora hay que tener el coraje de reiniciar el camino. No hacerlo sería la mayor traición contra mi propia persona y la parte de responsabilidad que me toca de lo ajeno. Pérfida traición porque no existe excusa cuando se dispone de la base y el reconocimiento de que esa –a sabiendas de que no existe la perfección absoluta y de que uno es lo que es y como es, y en función del entorno- es la vía por la que TENGO que caminar.


Lo bueno consistiría en que todos o muchos lo intentáramos. Por mi parte les invito, a través de un enlace, a que lean el libro o, si lo leyeron hace un tiempo, a que lo relean; sobre la película sólo puedo facilitar la ficha técnica, pero, si pueden localizarla o la emiten en algún canal –lamentablemente en Digital +, en España, no consta que el canal TCM Clásico lo emita nuevamente en lo que queda de mes-, no dejen de verla. También incluyo el enlace al estudio sobre los problemas psicológicos causados por el dolor crónico –en el enlace a la SOCIEDAD ESPAÑOLA DEL DOLOR lo incluí ayer en la sección ECOS DE INTERÉS de la barra lateral de este blog. Así mismo, también pueden acceder a El Arte de Amar de Ovidio.



ENLACES:


El Arte de Amar, Erich Fromm


La Torre de los Ambiciosos, Ficha técnica (Executive Suite, Robert Wise, 1.954). William Holden, Bárbara Stanwick, Fredric March, June Allyson, Walter Pidgeon, Louis Calhern, Nina Foch, Dean Jagger, Tim Considine, William Phipps, Edgar Stehli, Paul Douglas, Lucille Knoch, Harry Shannon, Mary Adams, Virginia Brissac, Shelley Winters.


Estudio de Variables Psicológicas en Pacientes con Dolor Crónico


El Arte de Amar, Ovidio

BREVE ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR (14/03/07)

BREVE ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR (14/03/07, 1ª Parte de ENSAYO PERSONAL SOBRE EL DOLOR)


I

Para vencer a un enemigo lo primero es conocerlo. El dolor no es un enemigo sino que deberíamos hablar de dolores, en función de su morfología. Hace poco leí un resumen de una conferencia de un superviviente del famoso accidente aéreo de los Andes; resumía: no existe éxito sin dolor. Sin embargo, existe, en una primera clasificación el dolor físico y el dolor emocional. El ser humano atiende en ambos casos a su propia experiencia y no puede recurrir a mediciones directas: cada uno siente el dolor de distinta forma.

El dolor emocional puede provenir, sin entrar en matices, o su conjunción con otros sentimientos o patologías, de una pérdida -muerte, desamor...- o de un sentimiento existencial -duele la vida, duele el dolor ajeno-; en este sentido el dolor sería estrictamente el antónimo de la felicidad, entendida ésta como el estado normal de la vida, o sinónimo de infelicidad.

El dolor físico, en cambio, responde a un proceso neurológico. Un tenista después de una partida de 5 horas puede sentir el dolor muscular del cansancio, así como el de alguna llaga o herida -amén del dolor de la pérdida, si no hubiese ganado-; el primer dolor dependerá de su capacidad de resistencia y de recuperación, el segundo de la profundidad de la herida o llaga. No son mesurables pero nos son familiares. De hecho, tanto estos como los emocionales de pérdida dependen de haber pasado por una experiencia similar: quién no ha sufrido el dolor de un desengaño amoroso o de una muerte, quién no ha tenido un corte o un golpe, quién no ha sentido dolor muscular por un esfuerzo prolongado? El dolor no imaginable es el que no se experimenta si no es en casos excepcionales.

El dolor existencial, que bien puede ser consecuencia de una depresión o de un estado innato del ser, no es común y dependerá de cada persona que lo sufra su grado y profundidad: ¿cómo se transmite esa congoja, como se mide?
Luego está el dolor agudo, la hiperalgia, proveniente de una patología más o menos grave. La fibromialgia produce dolores en todo el cuerpo y a los que lo padecen pocos lo creen ni disponen de tratamiento farmacológico; con el dolor del que sufre un proceso oncológico en fase terminal ocurre algo similar; los procesos que dependen del sistema nervioso pueden a veces ser atajados por la cirugía pero antes de ella y después en algunos casos no existe apenas alivio; el dolor de unas quemaduras de tercer grado debe ser inexplicable.

Dos ejemplos que pueden resultar cercanos. Un dolor de la muela del juicio nos tiene dos o tres días sin dormir y no sabemos donde meternos. Un dolor de lumbago nos deja postrados cuatro o cinco días sin dormir y en un sinvivir. En ese momento pensamos que no puede haber nada peor, que no soportaríamos más dolor. Pero el ser humano lo soporta todo o casi todo. Multipliquemos por diez ese dolor y seguiremos vivos.

No nos moriremos de dolor, aunque ya no vivamos como el resto de los sanos. Es más, el "pequeño" dolor de muelas, aun acompañándonos todos los días, en esas situaciones de dolor crónico y agudo, serían como una simple molestia. El problema surge cuando llega el otro dolor, el que te impide vivir y pensar. Ese dolor que va contra la filosofía de este mundo, porque en el fondo seguimos, a pesar de todo lo que pensamos que somos de inteligentes y evolucionados, rigiéndonos por los patrones genéticos de supervivencia, el mismo instinto que margina de la manada al león herido hasta su muerte. De repente, el mundo desaparece: nos encontramos con un dolor insoportable y con nadie o casi nadie que lo comprenda y con el mencionado vacío social. Si es por una enfermedad irreversible el dolor aumentará hasta que nos muramos y al cabo, liberados, diremos: así no sufrirá más; y nosotros, también liberados, pensaremos: así no sufriré más y no seré mayor molestia. Si se trata de un dolor crónico pero consecuencia de una enfermedad no mortal, en este mundo en el que están prohibidos el suicidio y la eutanasia, todo comienza a empeorar.

Nos convertimos en un lastre, nuestro cerebro no entiende el dolor ni la soledad ni la incomprensión, queremos ser independientes pero no podemos, queremos huir pero no podemos ni nos atrevemos... El dolor crónico, y esta aparente divagación tiene su significado, conlleva también o agrupa, el resto de los dolores. El dolor crónico es una guerra contra la humanidad -y no contra los humanos, ni el mundo ni la vida o la muerte-, contra el primitivo instinto de la manada. El delito de la vida: marginamos a los lisiados, a los locos, a los minusválidos, a los extranjeros, a los mendigos, tenemos miedo de lo diferente, de lo que nos incómoda, de lo que nos recuerda que podemos acabar igual, de que no estamos libres del infortunio y de que no somos eternos.

Pero, qué es el dolor crónico, como se explica? Decíamos diez veces más que un simple dolor de muelas o un lumbago y decíamos las 24 horas del día, todos los días del año. Si sólo un mes lo sufriéramos todos -a pesar de que luego olvidamos muy rápido-, lo entenderíamos. El dolor crónico, por otra parte, te priva de una vida normal: el trabajo se pierde, la vida social se pierde, la razón se va perdiendo. El dolor se convierte en una forma de muerte, porque el cerebro no lo entiende.


II

El cerebro no comprende por qué el dolor no cesa, por qué nadie puede mitigarlo, por qué a uno, hasta cuándo, para qué seguir soportando... Y como no te puedes valer, y como no trabajas, y como todos se van olvidando de ti, el cerebro debe enfrentarse a la soledad y a la lentitud del tiempo, más aún cuando el dolor te impide dormir y nunca pasa nada. Te cambia el carácter, por impotencia y por cansancio y por no ver futuro a nada. Además, los lazos familiares se van deshilachando: se cansan de verte sufrir sin poder ayudar a eliminar el dolor, se cansan de ayudarte y de no poder vivir sin el lastre que supones, se cansan de que no aportes nada y de que no seas el que eras, se cansan de tus cambios de carácter, se cansan de ti y de ver frustrados sus sueños... Y los no allegados, siempre nos preguntan cuando dejaremos de vivir del Estado o insinúan que es cuento y te miran con los ojos de quien, por ignorancia, se piensa mejor. Esa misma actitud de desconfianza se clava en algún momento en tu familia, si bien por la buena fe y la rebeldía ante la impotencia.

El dolor que hasta entonces era físico, se convierte también ahora en emocional: pérdida, desamor, incomprensión, desdén por la vida, apatía, irascibilidad, autocompasión, antisociabilidad, dolor por la soledad, intransigencia, inseguridad, vulnerabilidad, dolor por la vida, pensamientos de suicidio... E incluso, comportamiento bipolar, de euforia, cuando en dolor nos da un respiro, pensando que tal vez no vuelva más.

Y a todo ello se une el dolor trivial: duele cepillarse los dientes o afeitarse o defecar u orinar o sentarse o calzarse los calcetines o reír o estornudar o toser o gritar.

Y, sin embargo, seguimos vivos. Y, por ello, por insistencia de nuestra propia conciencia, de la realidad y de nuestros seres queridos, nos damos cuenta de que hay que tomar una decisión. Podemos abandonar, mediante el suicidio o el encerrarse, depresivos, en el propio dolor. Podemos también, por esa naturaleza innata propia del humano, apelar a la rebeldía.


III

En este caso, se trata de un acto anónimo de heroísmo, por uno mismo y por las personas amadas. Y es limitada, es como decir: no me vas a vencer por ahora, te lo voy a poner difícil y, si no puedo contigo, aprovecharé tu fuerza a mi favor, si no puedo contigo me uniré a ti.

Mas, qué acto de rebeldía, qué estrategia se debe emplear? Primero, tal vez, escribir este estudio del enemigo, saber a qué nos enfrentamos, cómo ataca, qué daños causa. Después plantarle cara, como un acto de autoconfirmación, como una arenga previa a la batalla.

Tengo que decir y creer que te voy a vencer, dolor. Tengo que creerlo a pesar de todo, a pesar de todos los años que he luchado contra ti y de todas las batallas en las que en el último momento me has vencido. La guerra no ha concluido, porque sigo aquí. Nunca te das por vencido y yo tampoco, aunque haya instantes, como ahora, en los que pienso más en rendirme que en continuar batallando. Al final, es obvio que un día me moriré, pero no creo que sea por tu victoria. Bien es verdad que mis aliados te temen y es normal que prefieran alejarse de nuestra contienda. Pero tus malas artes ni tus aliados apenas han logrado minar mi moral puntualmente. Si no, piensa cuántos días en total, desde que nos enfrentamos por primera vez, has estado bajo mi suela, derrotado: más que yo bajo tú yugo. Tus armas son más incisivas y tu objetivo es la victoria por la victoria, la destrucción por la destrucción; pero yo tengo la certeza de que mi lucha no se limita al mínimo hecho de vencer. Mi victoria tiene como objetivo la vida y no sólo la mía, también la felicidad de otros. Y esa arma es más poderosa que todas las tuyas juntas.

El tercer paso es el más difícil -aunque el primer paso es el más importante, plantarse y tomar conciencia- y el que llevará más tiempo y el que necesita de la constancia y la paciencia de uno mismo y de los que te aman. Se empieza por recuperar la sonrisa, aprender de nuevo a sonreír; después hay que abandonar el resquemor, mirar por uno, olvidarse, en el buen sentido de la palabra de los otros; al tiempo, hay que planificar la actitud futura para retrasar las crisis de dolor agudo y mitigar su efecto cuando lleguen -que llegarán-: volverse metódico y perseverante, para no caer en la euforia, durante los períodos suaves, e intentar no hacerle caso al dolor y mantener las pautas de los períodos suaves lo máximo posible -hacer como si no existiera, aunque haya que disminuir el ritmo-, sin abandonar la sonrisa y sin caer en el pesimismo, cuando lleguen las crisis agudas, y, durante ellas, ocupar el tiempo en la crítica constructiva sobre nuestra evolución para introducir mejoras, escribiendo, alternando con lecturas y utilizar los medios más eficaces para poder dormir lo máximo posible, así como no olvidar siempre sonreír. Para ello hay que ser realistas y no mentirse, reconocer nuestras limitaciones y ser estrictos en el cumplimiento de los medios a utilizar. Saber o intentar sabes también adónde queremos llegar.

Veamos el ejemplo de planificación de mi caso, sobre las bases expuestas.


IV

PLANIFICACIÓN.

1. Levantarse a las 8 h. todas las mañanas, desayunar y dar un pequeño paseo.

2. Fijar un horario laboral de 9 a 14 h. y de 16,30 a 18 h. con una siesta al mediodía. Los viernes sólo horario matinal.

3. Dar un paseo o natación de 18,30 a 19,30 h.

4. Evitar las comidas al mediodía y si salgo una noche regresar a las 23,30 h. -muy importante no trasnochar-.

5. En la cama durmiendo a las 24 h. -muy importante intentar dormir 8 horas-.

6. No intentar utilizar el pc fuera de horario de trabajo.

7. Fijar un plan personal de trabajo en la oficina.

8. Pensar en futuro y olvidar lo malo del pasado, vivir por uno mismo.

9. Precaución en todos los movimientos y posturas.

10. Sonreír y sonreír.



Este es un ejemplo que ni siquiera el que lo ha escrito puede, de momento, hacer nada más que intentarlo, por pasar más tiempo en cama que viviendo y porque paso casi las 24 horas del día sólo y sufro de insomnio como consecuencia del dolor. Supongo que es un mero proyecto, una idea de lo que debería hacer cuando el dolor se mitigue. Tal vez le pueda servir a alguien o sea, ante mi desconocimiento de la Psicología y de la Medicina y Las Ciencias de la Salud –como le llaman ahora- sea un simple disparate.


REFLEXIÓN INDIVIDUAL

No sé si es consistente, si tiene sentido éste texto como tal, el mero hecho de escribirlo o todo en general. Puede que haya perdido el punto de referencia, como un barco en la niebla –ante de que existiera el gps- y que sólo escriba majaderías. No sé si yo soy el inconsistente, el que vive en una constante alucinación o haya perdido la razón o este entrando en los umbrales de una obsesiva demencia.

Cuando se dispone de tanto tiempo para pensar, es posible que nos vayamos alejando de la realidad objetiva –si esta existe, si algo existe.

Pero después de todo, sólo pretendo sembrar esperanza y que pueda servir para quien sufre o ve sufrir a alguien.

Probablemente, y como conclusión, el dolor me haya convertido en un esperanzado demente.

Intentando ser objetivo, creo que este texto puede servir más para quien tiene cerca al doliente. -Como la pregunta ‘¿quién cuida al que cuida? Ponerse en el lugar del otro-. Esa víctima colateral que ha visto cómo ha cambiado su vida sin comerlo ni beberlo. Faltaría el testimonio d uno de ellos para conocer también de qué pueden estar construido su sufrimiento.


UNA REFLEXIÓN EN LA SOLEDAD INSOMNE

Una anotación que escribí una noche sin fecha, como un suspiro surgida, puede servir cómo epílogo.

“Dormir. ¿Quién no ha deseado dormir durante mucho tiempo? El dolor desaparece y nadie te omite. Nadie se cansa, ni tú mismo, de ti. Y al despertar, tal vez alguien conteste las palabras de tu corazón. Siempre me he sentido distinto y a la vez he tenido la idea o la sensación de que no podía pasar por esta, a nivel lógico incomprensible, existencia sin legar una herencia más allá de lo pecuniario. Ser distinto en la mirada de las cosas, rebelde y, con el tiempo, desistir impotente. Algo más que pasar, que nacer, desarrollarse y morir. El problema, en la absoluta soledad de la mente, mi mente, cada vez más hermética en respuesta a las decepciones y desilusiones acumuladas, ciertas o imaginadas, es hacia dónde y cómo enfocarme. Soy como un presuntuoso que al final es un pequeño accidente, una simple anécdota o un cohete de fuegos artificiales. De repente, uno se da cuenta de que es una farsa para uno mismo y para el prójimo, que no sirve para nada ni en lo interno ni en lo externo. ¿Bloqueado por el dolor, desengañado por todo, vencido por la certeza de que nada sirve ni tiene sentido...? Un barco sin brújula en una noche encapotada. Daría parte de los años que me puedan quedar por eliminar este dolor y por encontrar un indicio de hacia dónde dirigirme. Conocerme a mi mismo para saber qué quiero y hacia dónde encaminar mis pasos a pesar de la lacra del dolor. Solo, pues nadie me va a ayudar ni puedo exigirlo porque sería malgastar el tiempo y la energía, ya que nadie hace nada por nada y yo tampoco soy el más sociable de los hombres. Solo. Solo pues siempre estamos solos ante el espejo. Y porque el vacío que rodea me obliga.¿Soy igual de egoísta? ¿abandono o abandonaría al que me necesita a pesar de pensar que no? ¿Me veo distinto, soy realmente distinto, soy un enfermo mental? ¿Mi cerebro es el único que no descansa? -¿y todo para nada?-. Si me voy, desaparezco o muero, ¿cambiará algo? ¿Habría cambiado algo si no hubiera existido, cambiaría algo si no existo? ¿Es el dolor o mi mente quién me mantiene inmerso en la niebla cada día? ¿Es verdad lo que le digo o escribo al prójimo de que el cielo al fin clareará. Bastaría un pedazo de mi vida si ésta fuera medianamente, respecto a mí mismo, plena. ¿Qué quiero ser, hacia dónde quiero encaminarme? Me repito, me repito a cada instante y cada pensamiento. ¿Soy cíclico? ¿Me he gustado alguna vez? Si no es así, si no es cíclica mi existencia, entonces no tiene sentido ningún esfuerzo. Si es un proceso cíclico, puede que comience a ver un poco de luz algún día.”

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