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martes, 15 de enero de 2008

Bipolaridad: sólo el valor de enfrentar los propios temores permite superarlos

Los que padecemos de dolor crónico solemos padecer además -entre otras consecuencias- de problemas psicológicos, adquiriendo un carácter en muchas ocasiones rozando la bipolaridad. No es que seamos bipolares,. pero es bueno saber que hasta éso puede tener solución.


Historia clínica

Bipolaridad: sólo el valor de enfrentar los propios temores permite superarlos


Es la clave para un tratamiento con muchos altibajos

Clara, de 27 años, es una mujer de pelo y ojos oscuros. Es arquitecta
y se había recibido unos pocos meses antes de verme por segunda vez.
Acarreaba un diagnóstico de bipolaridad, que se manifiesta con
episodios depresivos con desgano, desmotivación, tristeza, dolores de
cabeza, dificultades para concentrarse, aumento y disminución de peso,
sueño excesivo y problemas para disfrutar de la sexualidad.

Cada tanto experimentaba episodios hipomaníacos, en los que se volvía
hiperproductiva; con poca necesidad de dormir; deseos de emprender
varios proyectos a la vez; sensación de no poder parar de pensar;
incremento notorio de la frecuencia sexual y, ocasionalmente, abuso de
alcohol, marihuana, tabaco, café y ansiolíticos.

Había sido tratada antes por cuatro profesionales (uno de los cuales
fui yo) con resultados parciales y frecuentes recaídas. Aunque en
general la medicación indicada para estos casos es efectiva, en ella
no había tenido el éxito esperado. Sólo se lograba cierta estabilidad
con oscilaciones menores del estado de ánimo, pero sin alcanzar la
remisión completa de los síntomas.

La segunda vez que acudió a verme, Clara parecía estar transitando un
período muy oscuro de la vida. Me dijo que quería dejar la medicación.
Le contesté que el camino para eso era largo y difícil, no siempre
coronado por el éxito. Le pregunté si estaba dispuesta a intentarlo
con un esfuerzo sostenido.

Clara era bastante consciente de sus limitaciones y me sorprendió su
respuesta. Después de meditar unos instantes, dijo: "¡Sí!, quiero
salir de este punto. ¡Esto es el fondo del abismo! ¿Hay algo peor?...
He pensado hasta en suicidarme, pero mis creencias religiosas me lo
impiden".

Unos días después, Clara hizo referencia a que no soportaba sus
aspectos depresivos y que intentaba eludirlos tensionándose, comiendo
o durmiendo, y que también detestaba su euforia, que intentaba acallar
embriagándose o fumando. Me pidió que quitase eso de su vida. Le dije
que tal vez ésta era la prueba más difícil de superar, que me parecía
que esos aspectos eran parte de su mundo personal, que mientras los
rechazara estaría dividida, fuera de su centro, como una grúa que
intenta extender el brazo más allá de lo que le permite su estabilidad
y entonces vuelca o se cae.

Clara me miró horrorizada, como si tuviera que convivir con un
monstruo interno. Le pedí que meditase acerca de los aspectos
negativos y positivos de sus momentos de desánimo y de exaltación.
Ella dijo: "¡Negativos, ciento por ciento! ¿Positivos...? ¿Qué puede
tener esto de positivo? Tal vez deba preguntármelo cuando esté
maníaca", ironizó.

Algunas semanas después, Clara tuvo un aprendizaje vivencial en un
momento de depresión. Pudo diseñar un mausoleo para una cripta
familiar de un amigo que se lo había solicitado meses atrás y que ella
venía postergando. Se puso contenta cuando su amigo le agradeció; le
refirió que tanto el concepto como los detalles del diseño eran
exquisitos y que el conjunto inspiraba una gran paz.

Poco después, durante un período de euforia, la joven pudo enfocarse
efectivamente en la búsqueda de un trabajo estable, que hasta el
momento no tenía. Comenzó a comprender que el tratamiento no consistía
sólo en la medicación, acudir a las citas y hablar. Además, ella debía
hacer algo.

En nuestro próximo encuentro, aceptó un nuevo desafío que le propuse
para su recuperación. Poco a poco, y a través de su esfuerzo personal,
fue fortaleciendo su voluntad y pudo dejar de consumir marihuana,
alcohol, tabaco y café, que tanto daño le ocasionaban.

Con el tiempo comenzó clases de yoga, de tenis y retomó sus prácticas
religiosas. Tibia y lentamente al principio, y después en forma más
contundente, fue centrándose y tomando el control de su propio ser,
aceptándose tal y como es, profunda e íntimamente.

Un día vino a verme y su semblante me pareció muy nítido y armónico.
Le solicité que trajera una foto del año anterior. Cuando lo hizo, le
sugerí que fuera hasta el espejo de la antesala y comparase su rostro
actual con el de la fotografía. Volvió intrigada y preguntó:

-¿Cuál de las dos no soy yo?

-Usted, ¿qué piensa?

-Esta que está aquí con usted hoy soy yo. -Clara comprendió que estaba
venciendo la tempestad, que el valor de enfrentar sus propios temores
controlaba ahora el timón de su vida.

Poco tiempo después pudo abandonar los medicamentos y no tuvo recaídas
hasta el momento. Hoy es una profesional exitosa, se ha casado y
espera su primer hijo.

Por Daniel Patiño
Para LA NACION

El autor es médico psiquiatra y psicólogo, docente de la IV Cátedra de
Medicina Interna del Hospital de Clínicas

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Enviado por Maria Elena (angeldeluz)




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